Testigos de la emigración

  • por Roberto Mansilla Blanco
  • 23/12/2020
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Historias reales que cruzan el Océano Atlántico

Con motivo del Día Internacional del Migrante que se celebra cada 18 de diciembre, la Universidad de Deusto (País Vasco) invitó a la Federación Venezolana de Galicia (FEVEGA) a participar en el proyecto ICARE sobre historias de emigrantes españoles y retornados.

Por ello, presentamos a continuación tres historias familiares de miembros de la Asociación "Amigos de Venezuela en Vigo", entidad perteneciente a FEVEGA, que fueron enviadas para formar parte del proyecto ICARE.

Aprovechamos desde el equipo de Qué Vaina! para desear a todas y todos nuestros lectores una Feliz Navidad.

1. Historia familiar

Mi nombre es Mónica Janeiro Micucci, soy española-venezolana e hija de 2 emigrantes que se fueron a Venezuela de dos países distintos. Mi madre es italiana, sus padres se casaron muy jóvenes, mi abuelo trabajaba de sastre y mi abuela le ayudaba; con un hijo muy pequeño (mi tío mayor) y otra en camino (mi mamá), mi abuelo tuvo que participar como militar en la II Guerra Mundial. Gracias a Dios fue de los que regresó a su casa con vida, pero con mucha necesidad por esa posguerra que fue tan dura.

En el año 1953, él partió a Venezuela dejando a su esposa con sus 3 hijos uno de 16, una de 12 y el más pequeño de 8, dos años después logra llevarse a mi tío mayor y finalmente en febrero de 1957 llegan al Puerto de La Guaira mi abuela con mi madre y mi tío pequeño. Allí hicieron sus vidas, mis abuelos y mi tío pequeño murieron en Venezuela, mi tío mayor vive con mi prima en Italia desde hace 3 años y mi madre conmigo en España desde hace casi 5 años.

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Gian Piero, Roberto, Floriana, Giuseppe e Ida en el Puerto de La Guaira el 01/02/1957, el día que lograron reunirse los cinco nuevamente.

La historia de mi padre es distinta. Nació en Vigo, era el pequeño de 11 hermanos y su situación familiar no fue tan dura como la de mi madre, sin embargo, decidió emigrar él solo con 25 años porque sus primos y amigos le contaban que Venezuela era un país maravilloso, por lo que en marzo de 1958 partió dejando a su madre y hermanos ya que mi abuelo falleció cuando él tenía 18 años de un cáncer de estómago.

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Esteban recién llegado a Venezuela, en marzo de 1958.

Mis padres se conocieron en el año 1962 porque mi papá era amigo de mi tío mayor, se casaron en septiembre de ese año y 10 años después nací yo, no tuve hermanos por razones de salud de mi madre. Mis primeros años vivimos en Caracas y luego cuando yo tenía 3 años nos mudamos a San Antonio de los Altos, en el Estado Miranda, a tan solo 14 km de Caracas. Estudié en un colegio de monjas llamado Mater Dei donde me gradué de Bachiller, luego estudié informática, hice un Componente Docente que es un certificado oficial de Formación Pedagógica para profesionales no docentes, ya que me desempeñaba como profesora de informática. Tengo 23 años de casada, con 2 hijos, la mayor de 16 y el pequeño de 8.

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Esteban y Floriana el día de su boda, 15/09/1962.

Ninguno de mis padres quería irse de Venezuela, sin embargo, a principios del 2016 por razones de salud de mi padre tuvimos que salir de allá, era cuestión de vida o muerte ya que le detectaron una afección cardíaca donde su corazón funcionaba tan solo al 30% de su capacidad. Luego de un cateterismo, 2 ingresos de urgencia y con un seguro privado agotado no quedó otra opción más que traerlo a que por lo menos tuviera una calidad de vida en sus últimos años, disfrutando de sus nietos en la tierra que lo vio nacer. Y así fue, lamentablemente en octubre de 2017 falleció por un colapso renal.

Es así como mis padres se convirtieron en emigrantes por segunda vez y yo repito sus historias emigrando con mi familia a un país que nos abrió sus puertas y en donde nos encontramos rehaciendo nuestras vidas para darles un mejor futuro a nuestros hijos, ya que las condiciones de nuestro país son cada día peor.

2. La emigración como legado global

Transcurrían los años de posguerra en España y en 1946, Franciso Franco contaba con Alberto Martín-Artajo, Ministro de Asuntos Exteriores, para lograr un acercamiento de Estados Unidos y el Reino Unido,. Pero a pesar de los esfuerzos de Martín-Artajo, en la cumbre de Potsdam, los líderes de Estados Unidos, Reino Unido y la URSS vetaron la entrada de España en la recién creada ONU. En febrero de 1946, la Asamblea General de la ONU rechazó formalmente la petición española de entrar en el organismo internacional.

En marzo de ese mismo año, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido firmaron una declaración internacional sugiriendo la retirada de embajadores de España. Así, España quedó internacionalmente aislada y el 6 de junio, el Consejo de Seguridad de la ONU declaraba al régimen español como una amenaza potencial para la seguridad internacional.

El régimen intentó cerrar filas en el interior por medio de la exaltación del patriotismo. El 9 de diciembre de 1946 se organizó una gran manifestación popular en la Plaza de Oriente de Madrid para mostrar el apoyo de los españoles a Franco y el rechazo a las supuestas injerencias extranjeras. El aislamiento internacional del régimen convirtió el ideal económico en una necesidad y sólo la ayuda de la Argentina de Perón materializada en el envío de alimentos alivió un poco la miseria de los españoles.

Llegaba el año 1949 y mi padre, un joven de la postguerra, oriundo de Cedeira, un pueblo marinero de A Coruña, veía como sus años jóvenes se perdían en la miseria y no había futuro en su tierra. Su tío Ezequiel, hermano de su madre, había emigrado a Cuba a principios del siglo XX y gozaba de una muy buena posición económica fruto del esfuerzo, la constancia, el sacrificio y de haberse levantado de la ruina que les produjo la Gran Depresión norteamericana de los años 30.

Ezequiel García, había levantado un pequeño emporio con la famosa casa de repuestos Viuda de Rabionet, García y sucesores en la calle Concha N.º 259 de La Habana.

Mi padre no lo conocía, pero había escuchado muchas veces a su madre hablar de ese hermano tan querido que una vez se fue y nunca más volvió.

Un día mi padre decide preguntarle a su madre: "mamá, qué diría usted si le escribo al tío Ezequiel y le pido que me lleve a Cuba". Mi abuela Asunción, sin pensarlo dos veces, le contestó: si es con mi hermano Ezequiel, te dejo ir con él con los ojos cerrados. Y mi padre le escribió a Cuba.

Pasó algún tiempo y aquel día, en que mi padre recibió la tan ansiada respuesta, se encontraba sachando en una de las fincas de la familia cuando, de repente, le llegó el aviso de que la carta del tío Ezequiel había llegado diciendo: prepara papeles que te esperamos en Cuba.

Mi padre, sacho en mano y lleno de emoción, lo lanzó al aire y dijo: "se acabó la miseria, me marcho a Cuba. Soy un desertor del arado..." Y así, un día de octubre, desde el puerto de Vigo se embarcó en el Guadalupe rumbo a Cuba. La Cuba de Batista.

Papá, que venía de una aldea, no era un emigrante cualquiera. Llegó a una casa rica llena de comodidades, había chófer, cocinera y dos sirvientas en casa.

El cambio para mi padre fue progresivo. Sus tíos Ezequiel y Filomena fueron sus segundos padres, enseguida le pusieron un maestro en casa para educarle, darle clases de inglés y prepararlo. Dos años después lo incorporan en el negocio familiar para enseñarle a trabajar y saber lo que significaba ganarse un peso. No se lo pusieron fácil ni en bandeja de plata. Le enseñaron el valor de las cosas. Mi padre recuerda esto con agradecimiento y mucha emoción.

Y vienen los años buenos, trabajaba, ganaba dinero, tenía coche y de repente un buen día le invitan a una fiesta en La Habana, donde conoce a mi madre, otra emigrante gallega que salió de Viveiro junto con sus padres a la edad de 13 años y desde el mismo puerto de Vigo en el Magallanes, recuerda un 6 de enero de 1950.

Mi madre se educó en Cuba en Nuestra Señora del Pilar en La Habana. Mis padres se casan en La Habana en noviembre del 58 y Fidel Castro triunfa en la revolución el 1º de enero de 1959 haciendo dimitir a Fulgencio Batista y obligándolo al exilio. Fidel asume el cargo de primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959.

Papá recuerda el famoso discurso de Fidel aquel 1º de enero, no se le olvidará en la vida, después de escucharlo durante horas interminables se sentó a reflexionar y dijo: de Cuba hay que irse, esto es comunismo. Y así fue. El tiempo y la historia han sido testigos.

Mis padres fueron testigos de expropiaciones, juicios populares, la invasión a Bahía de Cochinos (Playa Girón), paredones de fusilamiento, torturas, pérdidas de libertad, de derechos civiles, en otras palabras de violación de derechos humanos y crímenes de lesa humanidad.

En 1961, con un dolor muy profundo, abandona Cuba para siempre junto con mi madre que dejaba a sus padres en La Habana (emigrantes gallegos) al cuidado de la casa y de las posesiones pensando... Cuba es una isla a 90 millas de los Estados Unidos, los americanos no permitirán que esto siga adelante... pero así fue y así sucedió.

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Las autorizaciones de salida que el régimen cubano les concede para abandonar el territorio.

Y llegan a España en el año 1961 sin una perra gorda, recuerda mi padre. A la España de la dictadura franquista, donde poco o nada se podía hacer para levantarse de nuevo, así lo veían en aquella época. Acogidos por mis abuelos paternos en el pueblo de Cedeira mi padre se percata de que mantenía vigente una visa comercial en su pasaporte que le permitiría entrar a los Estados Unidos y armándose de valor decide que lo propio es volver a emigrar y abrirse camino en América. Deja a mi madre con sus padres en el pueblo pensando poder reclamarla al llegar a Nueva York pero mi madre, que había adquirido la nacionalidad cubana, debía quedarse en España a recuperar su nacionalidad española al menos durante un año, como exigían las leyes de la época. Mi padre llega a los Estados Unidos y pide asilo político al pisar suelo americano. Se asila y, tal como relata, es un número más. Consigue trabajo en Manhattan, casi a la semana de haber llegado, todo gracias a los contactos comerciales que mantenía de cuando vivía en Cuba, pero fracasa al no poder traer a mi madre.

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El visado comercial que le permitió a mi padre viajar a los Estados Unidos y asilarse.

Mientras tanto, mi madre decide irse del pueblo, residir en Madrid y compartir piso con dos amigas que también habían salido de Cuba y cuyos maridos se habían quedado en La Habana aguantando la situación, con la esperanza de un cambio que no les hiciera perder sus posesiones y lo que con tanto sacrificio habían ahorrado.

Desde Madrid era más fácil realizar gestiones y resolver documentos, pero su odisea comienza cuando aplicando para el visado en la embajada estadounidense se la niegan argumentando la pérdida de relaciones diplomáticas con Cuba y de que ella aún era cubana. El cielo se le vino encima... La embajada rechazó su petición hasta en tres ocasiones diferentes.

Mi padre, por su parte en Nueva York, llevaba casi 6 meses intentando por todos los medios traer a mi madre, pero la misión era casi imposible. Desesperado un día caminando por Nueva York se encuentra a un paisano que venía junto con otro señor, el Dr. Cuevas, un español casado con una enfermera estadounidense que había conocido trabajando como médico voluntario en África. Se presentan y al preguntarle cómo le estaba yendo mi padre le contesta: muy mal, estoy pensando en regresar a España. Mi matrimonio está separado, soy un número más en este país, no veo salida…

El Dr. Cuevas le invita a su casa, ya que ese mismo día organizaba una reunión y tendría en casa a una persona invitada que quizás le podría asesorar. Mi padre se despidió no muy convencido de asistir, pero al caer de la tarde se decidió y se presentó en la casa del Dr. Cuevas.

Al llegar le dijeron: "tenemos aquí a una persona a la que nos gustaría que le contara su historia" (era una antigua secretaria puertorriqueña de las oficinas de Rockefeller). Mi padre reía y decía: "qué me puede solucionar, mi caso es un caso perdido". La secretaria lo escuchó atentamente y le dijo: "le voy a ayudar, usted tiene derechos así que le vamos a escribir a la primera dama, Jacqueline Kennedy, contándole su historia". “Es una gran defensora de la familia”, recuerda.

Mi padre incrédulo pensó: "qué puede solucionarle a un inmigrante como yo la primera dama de los Estados Unidos". Pero su sorpresa fue mayúscula cuando, a los 20 días, mi padre recibe una correspondencia oficial desde Washington donde a mi madre se le concede el visado de entrada a los Estados Unidos. El telegrama llega a Madrid y mi madre corre a recibirlo en el antiguo Palacio de Comunicaciones. Su alegría era infinita…

Embajada de los Estados Unidos en Madrid

Mi madre acude a la embajada, de la que tantas veces salió con llanto y desconsolada, con el telegrama oficial en mano. La entrevistaron y le dijeron: nunca revele la fuente por la cual obtuvo el visado de entrada a los Estados Unidos. Y así fue, le estamparon la visa en el pasaporte un día 13 de junio de 1962, recuerda con emoción …

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El visado que le conceden a mi madre en Madrid el 13 de junio de 1962.

Mi madre mantuvo su palabra y calló durante más de 20 años.

El reencuentro

Y llega la alegría del reencuentro con mi padre en Nueva York sin olvidar la pesadilla que les había quedado en Cuba. Sus padres no podían salir de La Habana.

Durante 7 interminables años, mi madre intentó reclamar la salida de mis abuelos por todas las vías posibles. México, Puerto Rico,… Hasta que, en 1967, lo logra y mis abuelos obtienen el permiso de salida por el famoso puente aéreo Varadero-Miami.

1968: la llegada a Venezuela

Mi padre, comerciante nato, trabajaba en una empresa de exportaciones en Nueva York. El dueño Mr. Friedman era muy amigo de otro comerciante y empresario ruso judío llamado Alberto Herman, escapado de un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial y que había emigrado a Venezuela con su familia. Herman viajaba mucho a los Estados Unidos y conocía a mi padre por la relación comercial, ya que mi padre era el encargado de exportaciones. Le plantea entonces irse a Venezuela. Pero no logra convencerlo.

Después de mucho insistir mi padre se anima a ir a Caracas en un viaje corto de escasas dos semanas y media y regresa del viaje enamorado del país diciéndole a mi madre… Aquí en Estados Unidos estamos bien, pero en Venezuela me están abriendo las oportunidades de tener nuestro propio negocio así que prepara maletas que nos vamos a Venezuela. Y así mis padres, mi hermano y yo emprendimos el viaje a Caracas.

Venezuela fue el gran país de las oportunidades donde, como inmigrantes, mis padres pudieron crecer y darle educación universitaria a sus hijos. Donde siempre escuché: de aquí no me voy, aquí echamos raíces…

1999 y de nuevo el comunismo al estilo chavista

La llegada de Hugo Chávez al poder y por segunda vez el comunismo les hizo recordar la odisea vivida en el pasado. Era casi la copia al carbón de lo que habían vivido en Cuba.

Es un país petrolero, con recursos naturales y los Estados Unidos no van a permitir que un comunismo se instale aquí”... Son muchos los intereses... la comunidad internacional no lo va a permitir… Es un país rico...

Nada que no hubieran escuchado antes... se repetía la historia.

En el año 2001, muy a su pesar y con el dolor de dejar a Venezuela, retornan a España para vivir su vejez sin olvidar las vivencias pasadas que son el legado global de tantos y muchos emigrantes que se han atrevido a la aventura de cruzar y explorar otros horizontes en la búsqueda de un futuro mejor.
 

Protagonistas de esta historia real:

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Jesús Villar García, 93 años, Nacido el 19 de diciembre de 1927

Luz Blanco Rodríguez, 85 años. Nacida el 25 de octubre de 1935

Escrito por: Mary D. Villar Blanco (hija) 15/12/2020
 

3. Historias de inmigrantes retornados

Mi nombre es Roberto Mansilla Blanco, soy inmigrante venezolano que llegó a Galicia, la tierra de origen de mis padres, en diciembre de 2002. Desde entonces he vivido en esta comunidad, radicándome en la ciudad de Vigo.

Como sucediera con mis padres, que emigraron a Venezuela entre 1957 y 1969, las vicisitudes de la vida determinaron la decisión de dejar en Venezuela y recalar en la tierra de origen familiar. Con todo, puedo confirmar que la experiencia de emigrar ha sido una constante dentro de mi ámbito familiar, con parientes que han emigrado a países como Suiza, Alemania, Argentina, Gran Bretaña y Venezuela.

Como ha sucedido con muchos inmigrantes retornados de Venezuela, las condiciones políticas y socioeconómicas que vive el país desde hace dos décadas determinaron mi decisión de emigrar, con la finalidad de progresar profesionalmente y buscar mejores condiciones de vida.

En el caso de mi padre, que emigró a Venezuela en 1957 desde una aldea del interior de la provincia de Coruña, su llegada a este país supuso un cambio radical, tomando en cuenta la pujanza económica que vivía Venezuela en las décadas de 1950 y 1960, destino preferente para muchos emigrantes gallegos. Pero la decisión de emigrar de sus hijos, en este caso mi hermana María Isabel y yo, también influyó progresivamente en la decisión de mis padres de retornar a Galicia, que se materializó a partir de 2016.

Obviamente, esa Venezuela a la que llegaron mis padres, así como la que yo dejé atrás, dista mucho de la actual, de la misma manera que la Galicia mayoritariamente rural que dejaron mis padres tiene hoy una fisonomía diferente, desde el punto de vista económico, de infraestructuras y de vías de comunicación, entre otros aspectos. Se puede decir que, a grandes rasgos, Galicia ha experimentando un proceso a la inversa que Venezuela: de ser tierra de emigrantes a ser destino de inmigrantes, a pesar de que la emigración sigue siendo una tendencia dentro de la sociedad gallega.

La Venezuela en la que viví desde mi nacimiento en 1973 hasta mi marcha en 2002 experimentó cambios importantes que ejercieron influencia en mi perspectiva de vida personal, así como de cada miembro del núcleo familiar. La memoria y los recuerdos nos ilustran la imagen de un país próspero por su riqueza petrolera, con un clima prodigioso y oportunidades que atraía a diversas personas de varios puntos del planeta, con el objetivo de buscar mejorar sus vidas.

El proceso fue complicándose con las sucesivas crisis económicas vividas por el país desde 1983, pero también con el cambio político experimentado a partir de 1999. Ese país tradicionalmente tolerante, optimista, abierto, despreocupado, flexible en sus costumbres, dio paso a un país inseguro, cada vez más hostil desde el punto de vista político, con enormes diferencias sociales, mucho más empobrecido por un proyecto que en su momento despertó ilusión y que ha derivado en la peor crisis humanitaria que vive Venezuela y en la constatación de un régimen político delictivo, criminal y cada vez más dictatorial.

Mi experiencia profesional en medios de comunicación en Venezuela me permitió abrir horizontes laborales en Galicia, a través de entidades como el Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional (IGADI) a la que estuve profesionalmente vinculado entre 2003 y 2020. Del mismo modo, destaco esta faceta profesional a través de mi colaboración dentro de la Asociación Amigos de Venezuela en Vigo y de otros medios informativos con los cuales he estado en contacto. En esta perspectiva, en 2019 creamos un medio digital Qué Vaina!, vinculado con los venezolanos en Europa.

Y en cuanto a la formación de una nueva vida, debo destacar que en Vigo conocí a mi esposa, otra emigrante, en este caso de Rusia, Marina, quien me ha dado otra perspectiva de la vida, otra capacidad para ver las cosas desde otro cristal, con otros ojos. Esta perspectiva ha enriquecido mi visión de vida desde el punto de vista cultural, idiomático, e incluso idiosincrático.

La experiencia de emigrar la valoro como altamente positiva y acertada. No obstante, y como ocurriera también con el caso de mis padres, no me desvinculo de los orígenes que me llevan a Venezuela. Hay un nexo de conexión desde la diáspora, que día a día se alimenta y crece. La cada vez mayor diáspora venezolana repartida por el mundo será un activo importante para la reconstrucción, la reconciliación y la recuperación del país que siempre hemos soñado. Todo ello, obviamente, tomando en cuenta el impacto de la realidad y los cambios que ha vivido tanto el país como cada inmigrante en su caso personal.

A grandes rasgos, esta perspectiva de valoración positiva en la decisión de emigrar es, probablemente, compartida por muchos inmigrantes que han hecho de Galicia su "segunda patria" y su nuevo hogar. Son los casos personales que he visto de inmigrantes venidos desde Argentina, Brasil, Ecuador, Marruecos, Rumanía, Rusia, Cuba, México, Uruguay, Colombia, República Dominicana, entre otros, algunos de ellos en la misma condición de retornados como la que he tenido personalmente.

En el Día Internacional del Migrante, que se celebra cada 18 de diciembre, estas historias y perspectivas deben suponer un factor de enriquecimiento cultural pero también de reflexión sobre la necesidad de fortalecer a las diásporas como un actor importante a nivel internacional. Con historias paralelas e íntimamente ligadas en cuanto a la emigración, Galicia y Venezuela son ejemplos de esa necesidad de que las diásporas son herramientas de unión y de cooperación entre la tierra de origen y de acogida. Que las diásporas y la inmigración enriquecen, fortalecen la solidaridad y las distintas perspectivas de vida, más allá de las experiencias personales de cada emigrante. Nadie deja su tierra porque quiere.