Porqué a Venezuela le debe interesar una lejana guerra del Cáucaso

Tan lejos y tan "cerca"

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Deutsche Welle (Alemania)

Primero, vayamos al contexto. Desde julio pasado, dos enemigos históricos como Armenia, de mayoría cristiana ortodoxa, y la musulmana Azerbaiyán, han renovado la tensión en el Cáucaso Sur por sus reclamaciones soberanas sobre el territorio de Nagorno Karabaj, un enclave de mayoría armenia ubicado en el corazón montañoso de Azerbaiján.

El conflicto por Nagorno Karabaj, presente desde 1918, es básicamente una herencia de los conflictos postsoviéticos que siguieron a la desintegración de la URSS en 1991. Un año después, Nagorno Karabaj declaró su independencia tras celebrar un referéndum, no reconocido por la ONU ni la comunidad internacional. Sólo la naciente República de Armenia y la políticamente influyente diáspora armenia existente desde Australia hasta EE.UU pasando por Europa, han apoyado la soberanía de lo que denominan como la República de Artsaj.

El conflicto por Nagorno Karabaj ha dejado desde 1991 unos 30.000 muertos. Tras años de parálisis sin resolución, en julio pasado se renovaron las tensiones armenio-azeríes. Pero este 27 de septiembre, las tensiones llegaron a enfrentamientos militares armados que han dejado decenas de muertos.

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La zona del conflicto, un enclave estratégico por el que pasan oleoductos y gasoductos del Mar Caspio. Propietario de la foto: Telesur

Diversas informaciones y análisis especulan con una escalada mayor del conflicto que arrastre al Cáucaso Sur, muy cercano al inestable Oriente Próximo. De darse este caso, estaríamos hablando que potencias como Rusia, Turquía e Irán podrían verse inmiscuidas en ese conflicto. Precisamente, estos tres países que forman parte del eje euroasiático trazado por Vladimir Putin y que tienen al régimen de Maduro como uno de sus grandes aliados.

El equilibrio de fuerzas en el Cáucaso

Históricamente, Rusia ha sido un aliado de Armenia, tomando en cuenta sus conexiones religiosas y culturales. Pero también en plano militar, ya que Moscú tiene en la capital armenia Ereván una base militar. Del mismo modo, Armenia pertenece a una alianza político militar dirigida por Moscú, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC).

Toda vez, Turquía ha sido aliado de Azerbaiyán desde su independencia de la URSS en 1991. Turquía observa al espacio euroasiático ex soviético como una especie de reproducción de sus ambiciones "panturcas", en particular hacia países étnicamente túrquicos como precisamente Azerbaiyán, Turkmenistán y Uzbekistán. Países que, como Venezuela, son todos ellos productores de petróleo y gas natural.

En la Turquía actual presidida por el autoritario Recep Tayyip Erdogan, otro aliado de Maduro, estas ambiciones "panturcas" corren paralelo con sus expectativas "neotomanas" de consolidar a Turquía como una potencia ascendente a nivel regional con implicaciones globales. De allí que el propio Erdogan se alineara íntegramente con su aliado azerí ante la actual tensión militar en Nagorno Karabaj, tratando incluso este conflicto como si fuera suyo propio.

Del mismo modo, Irán ha mantenido cierta aproximación hacia Azerbaiyán, por razones además de religiosas (ambos son musulmanes) como geopolíticas y energéticas. Aunque con menor intensidad, esto ha provocado ciertas tensiones entre Armenia e Irán, toda vez el país persa alberga en su interior a importantes comunidades étnicas azeríes y armenias.

Por tanto, una escalada del conflicto en Nagorno Karabaj podría tangencialmente provocar tensiones internas dentro de Irán, un régimen hoy precisamente en la mira de Trump, mientras la crisis económica iraní es otra pieza clave en este pulso geopolítico global.

Con todo, el eje clave de equilibrio en el Cáucaso Sur es obviamente Rusia. Putin mantiene buenas relaciones tanto con Armenia como con Azerbaiyán, además de Turquía (con algunas fricciones específicas), toda vez observa al Cáucaso Sur como una especie de "hinterland" o espacio geopolítico de influencia rusa.

Pero Moscú también calcula sus intereses por las riquezas energéticas del Mar Caspio y los proyectos de oleoductos y gasoductos que desde mediados de la década de 1990 impulsan allí multinacionales y empresas de EE.UU, Rusia, Irán, Turquía, Gran Bretaña y China, entre otros. La zona, por tanto, es tan estratégica como políticamente volátil y riesgosa.

Por ello, Rusia, al igual que EE.UU, la Unión Europea, la OTAN y la Organización de Seguridad y Cooperación Europea (OSCE) han pedido el cese inmediato de hostilidades en Nagorno Karabaj y una mediación internacional.

Pero lo que podría revelar esta súbita escalada del conflicto en Nagorno Karabaj tiene que ver con los giros subterráneos de la geopolítica global, y más cuando hay unas elecciones presidenciales a la vista en EE.UU. Y esto tiene efectos colaterales en Venezuela, otro terreno de pulsos de intereses globales.

La tenaza de Trump

Volvamos de nuevo al contexto más actualizado. La crisis bielorrusa entra en una extraña fase de definición y parálisis. El régimen de Aleksandr Lukashenko, otro aliado de Maduro, sigue en pie pero las protestas en Minsk no paran.

Esto obviamente obliga a Rusia a mantener su atención en la vecina Bielorrusia. Pero el conflicto de Nagorno Karabaj obliga aún más a Moscú a mantener su atención primordial en el espacio euroasiático, toda vez Putin ansía acelerar los beneficios del Sputnik VI, la vacuna rusa contra el coronavirus, enfocado en el mercado europeo, su socio económico más próximo.

Pero la geopolítica de Trump va por otros derroteros. Por ello, Trump, a pesar de las declaraciones de cese al fuego y de mediación, observa ambas crisis, la bielorrusa y la de Nagorno Karabaj, como una especie de tenaza que ejerza presión en el Kremlin, con obvias intenciones consecuentes: aliviar la tensión en Venezuela, que hoy vive una renovación de protestas en el interior del país, a través del apoyo ruso a Maduro.

Esta tenaza geopolítica también lo es en el plano energético. La crisis bielorrusa supone para Putin una parálisis de su proyecto de oleoductos Nord Stream II, vital para la economía rusa.

Del mismo modo, el conflicto de Nagorno Karabaj complicaría los intereses energéticos rusos en el Cáucaso Sur, a raíz de las rutas de oleoductos y gasoductos que el Kremlin viene trazando vía Azerbaiyán y Armenia hasta el Cáucaso ruso y de allí hacia Europa vía Turquía y Rusia.

Por tanto, ambas crisis, la bielorrusa en la franja occidental rusa, y la de Nagorno Karabaj en la franja sur rusa, suponen una tenaza para esos intereses del Kremlin y, por consiguiente, para los alcances y la estabilidad del eje euroasiático trazado por Putin.

Las elecciones presidenciales estadounidenses del próximo 3 de noviembre son otra clave. A pesar de las encuestas, y al menos en apariencia, Trump se observa triunfante hacia la reelección. Por ello quiere dejar minuciosamente atado el panorama internacional, bien sea para preparar sus intereses en un nuevo período en la Casa Blanca hasta 2024, bien para que, en caso de perder las elecciones, deje una "patata caliente" de calado estratégico a nivel geopolítico mundial para su eventual sucesor, el demócrata Joe Biden.

Un paso importante para atar estas piezas geopolíticas por parte de Trump fue el reciente reconocimiento de Israel, Emiratos Árabes Unidos y Bahrein. Un acuerdo firmado en Washington con claras intenciones de provocar una tenaza en el eje euroasiático ruso-turco-iraní y su alianza hemisférica occidental con Maduro.

El lobby armenio

Otro aspecto importante tiene que ver con el influyente lobby armenio en EE.UU y Europa, siempre activo a favor del reconocimiento internacional de Nagorno Karabaj. Por tomar un ejemplo de este poder de influencia: el lobby armenio ha logrado que tanto el Congreso estadounidense como la Asamblea Nacional (Parlamento) francés, otro país con un influyente lobby armenio, reconocieran el genocidio armenio de 1915, algo que Turquía niega rotundamente.

Como en el caso del lobby israelí en EE.UU, no sería de extrañar que el lobby armenio también manejara sus cartas en este contexto preelectoral en EE.UU a favor de Trump, con la finalidad de ejercer presión hacia Turquía e Irán pero también colateralmente hacia Rusia, para propiciar una negociación internacional que eventualmente impulse un reconocimiento internacional de facto para Nagorno Karabaj.

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La "guerra santa" en escena. Sacerdote ortodoxo armenio armado con fusil. La religión también juega en el conflicto. Propietario de la foto: Ministerio de Exteriores de la República de Armenia.

Toda vez, este lobby armenio muy probablemente juegue también sus cartas ante las recientes tensiones entre Turquía y Grecia, ambos miembros de la OTAN, que se viven en aguas mediterráneas por diferendos soberanistas que datan del final del Imperio otomano. Precisamente ha sido Francia el país a la cabeza de la Unión Europea que más ha criticado la actitud turca en esta crisis.

Como en el Cáucaso Sur, esta crisis turco-griega ocurre en una zona, el Mediterráneo, que viene siendo un eje de pulsos energéticos en los últimos años por explotar los recursos gasíferos de sus aguas, y que implican a Europa, EE.UU, Rusia, Turquía, Grecia, Israel y las petromonarquías árabes.

Ahora sí: Venezuela

Estos sinuosos nudos geopolíticos globales, en apariencia no conectados entre sí, nos llevan al escenario de nuestro interés: cómo queda Venezuela y porqué debería interesarle una guerra tan geográficamente lejana como es la de Nagorno Karabaj.

El régimen de Maduro vuelve a aplicar la represión contra el pueblo, tal y como estamos viendo con las protestas sociales que, según el Observatorio de la Conflictividad Social (OVCS) han sido de 76 protestas en 19 estados venezolanos hasta el 28 de septiembre por falta de gasolina y escasez de servicios básicos.

La semana pasada, la Asamblea General de la ONU respaldó con mayoría de votos el informe sobre las violaciones de derechos humanos en Venezuela bajo el régimen de Maduro. Sólo votaron a favor de Maduro sus aliados de siempre: Bielorrusia, Rusia, China, Turquía, Irán, Corea del Norte, Birmania, Laos y Siria, entre otros. Todos ellos acusados precisamente desde la ONU y otros organismos de cometer violaciones de derechos humanos.

Del mismo modo, la Unión Europea observa con recelo la crisis venezolana. Por un lado, el Alto Comisionado de la UE para la Política Exterior, el español Josep Borrell, intenta impulsar una vía de negociación con el régimen de Maduro para eventualmente aplazar las fraudulentas elecciones del próximo 6D por no existir garantías de transparencia.

No obstante, generan incertidumbre los recientes acontecimientos entre España y Venezuela, como la destitución del embajador español en Caracas, cuyas consecuencias también influyen en la política de la UE hacia Venezuela.

Mientras, la crisis política española se plasma cada vez más en el plano institucional, como las tensiones entre la monarquía con el gobierno de coalición PSOE-Podemos, la reciente inhabilitación vía judicial de Quim Torra como presidente de la Generalitat catalana, y las tensiones entre el gobierno central y la Comunidad de Madrid, gobernada por una coalición del PP, ante la posibilidad de un nuevo confinamiento de la ciudad por los efectos del COVID 19.

Todo ello traduce que la crisis venezolana entra en una fase decisiva con las elecciones presidenciales estadounidenses en el horizonte cercano y la casi absoluta convicción de la comunidad internacional de que Maduro busca legitimarse a través de un fraude electoral el 6D.

Pero en todo este contexto, la definición de los ejes geopolíticos globales parecen estar acelerándose. Trump lo hace vía Israel para aislar a Irán y Maduro, toda vez el eje euroasiático de Putin se encuentra en una situación delicada desde Bielorrusia hasta el Cáucaso Sur. Una tenaza Oeste-Este para este eje euroasiático que parece tener el sello de Trump. Maduro debe sacar cuentas de ello.

 

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