9 de mayo, Día de Europa: una cuestión de prestigio

Artículo de opinión de Javier Guerra, senador (PP)

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Hace 70 años, exactamente un 9 de mayo de 1950, nació la Europa comunitaria. El pasado sábado, desafortunadamente, nadie pareció prestar demasiada atención a tan señalada fecha. Una pena.

Es posible que, como decía Massimo d’Azeglio en relación al nacimiento de su país, "hemos construido Europa pero ahora nos hacen falta los europeos". Y, efectivamente, desde una perspectiva política podríamos considerar a Europa un estado sin nación.

Hoy, en mayo del 2020, la realidad es que la respuesta a la pandemia que vivimos con ansiedad e incluso miedo constituye el desafío de nuestras vidas como ciudadanos europeos.

Utilizando la famosa frase de Kennedy, pero con un sentido inverso, los españoles nos preguntamos: ¿qué puede hacer la Unión por nosotros?

Es cierto que la crisis afecta gravemente a nuestra institución y se hace necesaria una respuesta colectiva, coordinada y urgente.

Probablemente, en un primer momento la Unión Europea no actuó de forma acertada. Faltó sensibilidad y, por encima de todo, faltó uno de los valores raíces de la construcción europea: la solidaridad. La arquitectura es, efectivamente, muy compleja (baste decir que hay 24 idiomas oficiales ) y sus mecanismos deben conjugar un amplio abanico de intereses en algunos casos contrapuestos.

Pero, como siempre, la UE reaccionó y reaccionó bien. Nadie pone en duda que sin el paraguas de las instituciones comunes la segunda parte de la crisis, la económica, sería una catástrofe para nuestro país. Sirva como apunte que el BCE se hará con un tercio de la deuda total del Tesoro de España y pasará a tener deuda de nuestro país por un importe cercano a los 400.000 millones de euros. De este modo apuntalará también la prima de riesgo en los mercados financieros internacionales.

Pero Europa, como club serio, tiene sus normas. Por eso la apelación que se hace a la solidaridad de nuestros socios es absolutamente incompatible con la falta de rigor y con las proclamas de corte chavista de una parte de este bigobierno que gestiona nuestro destino.

Pedimos solidaridad y a fe que la estamos recibiendo, pero no por ello debemos trasladar nuestras propias responsabilidades a este ente superior que es la Unión.

No podemos trasladar a nuestros socios la imagen de inconsistencia e irresponsabilidad de unos gobiernos socialistas que no han sido capaces de gestionar las cuentas públicas en periodos de relativa bonanza de forma que, en situaciones como la actual, pudiéramos tener un margen de maniobra propio. Es obvio que es fácil hacer populismo... con dinero ajeno.

Pero si algo es importante en el contexto internacional y, desde luego, en las esferas de decisión de Bruselas, es lo que los anglosajones calificarían como «confiabilidad», o mejor, credibilidad.

Nuestro país, desafortunadamente, aparece en todos los informes como uno de los que van a sufrir de lleno el impacto de la crisis económica derivada de la pandemia (algunos hablan de descensos del 12/15 % en términos de PIB), pero tengo para mí, y me duele decirlo, que la caída en el prestigio internacional de España está siendo, ya desde ahora mismo, mucho más acusada.

No, no hace falta referirse a las tristes cifras de fallecidos, ni al número de contagiados en nuestro magnífico ecosistema sanitario, ni hace falta recordar la esperpéntica compra de material sanitario... No. No hace falta.

Para comprobar el desprestigio al que me refiero basta observar la aportación de datos falsos a la OCDE, las entrevistas realizadas en medios internacionales trazando una realidad muy lejana a la que los observadores podían verificar, o, más recientemente, la mención por parte del señor Sánchez de un informe de una prestigiosa universidad (John Hopkins) que una cadena prestigiosa como la CNN desmontó a la primera pregunta.

España no merece que un gobierno desprestigie de esta forma la nación.

Y, claro, esta carencia de rigor tiene consecuencias entre nuestros socios de la Unión, a los que queremos traspasar una responsabilidad que, obviamente, no les corresponde. Por eso solo nuestro querido vecino Portugal salió en nuestra defensa.

 España necesita a Europa. Es más, nuestro país tiene la oportunidad de jugar un papel relevante en un momento en el que se tendrán que repensar y quizá reconstruir alguno de los pilares que, hace ahora 70 años, sirvieron para poner los cimientos de uno de los proyectos más complejos e ilusionantes que han surgido en la, a veces, tortuosa y siempre diversa historia de Europa.

Son ahora muy actuales las palabras de Robert Schumann: "Debemos continuar el esfuerzo a medida que los peligros nos amenazan, trabajando por el bien común de nuestro continente europeo".

Y allí tiene que estar España, pero con la confianza y el respeto que se merece una de las grandes naciones de Europa.

La Unión Europea es nuestra solución. No seamos su problema. 

Si algo es importante en el contexto internacional y en las esferas de decisión de Bruselas es lo que los anglosajones calificarían como "confiabilidad", o mejor, credibilidad

Por Javier Guerra. Senador (Partido Popular)

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