Asaltos

  • por Roberto Mansilla Blanco
  • 09/01/2021
Propietario de la imagen: El Estímulo (Venezuela)

Los peligros del populismo, de Maduro a Trump

Atacar Parlamentos parece ser una tendencia en los últimos tiempos. En 1993, en plena tensión post-soviética, el entonces presidente Boris Yeltsin atacó, cual operación militar, el Parlamento ruso, también denominado como "la Casa Blanca", debido a que una oposición "sediciosa" se negaba a aprobar sus decretos.

Por cierto, en ese momento, el Occidente liberal y democrático aprobó, en silencio y tácitamente, ese ataque a la entonces incipiente democracia rusa.

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Así quedó el Parlamento ruso, conocido también como la "Casa Blanca", tras ser atacado en 1993 por el entonces presidente Boris Yeltsin. 

Entre 2016 y 2017, la Asamblea Nacional venezolana, aún hoy en día reconocida por la mayor parte de la comunidad internacional como la única institución legítimamente elegida por voto popular en Venezuela, fue violentamente atacada y ultrajada por simpatizantes del "chavismo" instigados por políticos del régimen de Maduro, contra diputados opositores. Entre esos diputados estaba Américo De Grazia, hoy en el exilio, y quien en septiembre de 2020 estuvo en uno de nuestros Conversatorios Qué Vaina! hablando sobre la crisis venezolana.

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Diputado de la oposición tras ser atacado por simpatizantes del chavismo en la Asamblea Nacional, en 2017.

Y así, en muchos casos, desde Ucrania hasta Armenia y Taiwán, los Parlamentos han sido objeto de reiterados ataques por parte de furiosas masas indignadas por la representación política existente y sus impopulares medidas. También aquí en España, el 23F de 1981, dentro del recinto del Congreso de los Diputados, en un golpe militar fallido. Pero también, y salvando las diferencias del momento, en el asedio a ese mismo Congreso en 2013, en plena efervescencia del movimiento de los indignados. 

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El "tejerazo" del 23F de 1981, un golpe fallido a la naciente democracia española de la transición.

Todo esto entra a colación tras el infame ataque realizado al Capitolio estadounidense el pasado 6 de enero, por parte de simpatizantes del presidente Donald Trump. Es comprensible el estupor y rechazo a esta acción que daña la institucionalidad democrática y pone en el centro de la atención un problema que viene siendo recurrente en los últimos tiempos: los peligros que emanan del populismo y la demagogia para la democracia y las libertades.

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El "Buffalo Bill" trumpista, en sus quince minutos de gloria, en pleno Capitolio estadounidense. 

Está por ver si el surrealista espectáculo del Capitolio supone un parteaguas para el "trumpismo". Es aún prematuro sacar conclusiones que terminarían siendo precipitadas, sobretodo en un país como EE.UU que está asistiendo a una inédita polarización social, desde "trumpistas" hasta "antifas" y otros grupos no menos violentos, que meses atrás también han creado desórdenes, disturbios y destrucción.

Lo que queda claro es que ni siquiera las democracias consideradas más avanzadas, como es el caso de la estadounidense, se salvan del peligro de posturas demagogas propias del populismo, y de cómo este fenómeno tiene la capacidad y elasticidad sufiente para permear todos los sectores sociales e, incluso, las instituciones. Venezuela es un buen ejemplo de ello.

Sea cual sea su dinámica, el ataque al recinto parlamentario es una prueba de cómo estos liderazgos demagogos atacan precisamente la esencia de la democracia, que es el parlamentarismo. Esos peligros ya fueron expuestos por los politólogos Steven Levistky y Daniel Ziblatt en su libro "Cómo mueren las democracias", estudiando casos como los de Chávez, Trump o Fujimori.

El malestar hacia la democracia liberal y representativa parece ser una tónica a nivel global, amparando en algunos casos liderazgos populistas y autoritarios desde Filipinas y Hungría hasta EE.UU y América Latina. Un malestar que, no obstante, puede ser legítimo, más no en cuanto a las manifestaciones que, en algunos casos, se hacen de ese malestar.

El populismo, que no conoce de fronteras físicas ni ideológicas, parece estar de moda, pero ahora precisamente está siendo tendencia en el considerado "primer mundo". Ya no es sólo un problema "tercermundista". El teórico estadounidense Cas Mudde afirma que los populismos crecen en las democracias. El catedrático francés Pierre Rosanvallon argumenta que "el populismo revoluciona la política del siglo XXI". Estamos, por tanto, en un peligroso momento populista que alimenta los talantes autoritarios, erosionando la institucionalidad democrática y amparándose en una visión mesiánica de la política.

Ahora bien, tanto como esto, es importante observar cómo lo ocurrido en el Capitolio pone también en el centro de atención una nueva herramienta de poder: las redes sociales. Y su utilización no es menos perniciosa. Cómo las reacciones hacia este ataque alimentan visiones simplistas e, incluso, teorías conspiratorias, tan acariciadas por los populistas.

Pero esas reacciones también manifiestan las ambigüedades y un relativismo moral que desde algunos sectores lanzan hacia acontecimientos que arrinconan y ponen en peligro la democracia. Cómo algunos sectores utilizan políticamente estos acontecimientos, algo que suele ser recurrente, y más en este mundo de cambios tan vertiginosos que nos superan a diario.

Cómo algunos de esos sectores, políticos y mediáticos, utilizan un "doble rasero" a la hora de interpretar lo ocurrido en el Capitolio estadounidense pero, curiosamente, callan a conciencia sobre lo ocurrido, por ejemplo, con anterioridad en la Asamblea Nacional venezolana. Para estos sectores pareciera que los ataques, los asaltos e incluso los "golpes" son maniqueos. Los hay buenos y malos.

El problema, de fondo y más allá de las afinidades políticas e ideológicas, es el ataque a la democracia. El atajo fácil y radical propiciado por violentos que ponen en peligro luchas por las libertades que costaron vidas humanas y siglos de penurias. Y tanto como esos radicales que asaltan Parlamentos están muchos de los que reaccionan de manera cínica, amparados a través de intereses espúreos, motorizados a través del poder de hoy, las redes sociales.

Lo decía ayer Jared D. Larson en nuestro Conversatorios: "son malos tiempos para EE.UU". Seguro que lo que quería decir es que también lo son para el mundo.