El 4F de Trump y Guaidó

Estratégico golpe de efecto para la transición en Venezuela

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Revista Semana (Colombia)

Coincidió con un 4 de febrero, pero no de 1992 sino de 2020. Mientras el régimen de Maduro amanecía aletargado por la exitosa gira internacional del presidente encargado Juan Guaidó que, sin embargo, no había hasta el momento regresado a Venezuela con alguna foto de un histórico encuentro con Donald Trump, desde la Casa Blanca se tejía pacientemente una hábil política efectista enfocada en la ya inevitable transición democrática en Venezuela.

Maduro quiso dar un “madrugonazo” rodeado de militares en Caracas para conmemorar el 28º aniversario del fallido golpe de Chávez que ha llevado a dos décadas de desastre en Venezuela. Pero el “madrugonazo” se lo terminó dando Trump desde Washington.

Mientras se esperaba por el regreso a Venezuela de Guaidó, amparado en un contundente respaldo internacional que, sin embargo, dejó en el ambiente una sensación agridulce al no haberse realizado la ansiada reunión con Trump, los asesores del presidente estadounidense lo tenían claro: el “golpe de efecto” de Trump con Guaidó en este nuevo “4F” tenía que ser por todo lo alto.

No fue en el Despacho Oval de la Casa Blanca. Tampoco en el Miami Airport Convention Center, donde Guaidó se dio un baño de multitudes con la diáspora venezolana y latina de Florida. Ni tampoco fue en el exclusivo Mar-a-Lago de Palm Beach, propiedad de Trump, donde se especulaba con una reunión tras el Super Bowl de Miami.

El esperado encuentro de Guaidó con Trump fue durante un evento histórico: el discurso anual sobre el Estado de la Nación, un protocolo de enorme importancia para cada presidente estadounidense que debe realizar ante el Congreso de los EE.UU. Y no era por tanto casualidad trivial la presencia de Guaidó en ese evento.

Nunca antes un presidente venezolano había asistido como invitado a este evento con un apoyo tan unánime y en una circunstancia tan particular. Un acto en el que también estuvo Iván Simonovis, nombrado por Guaidó como Comisionado Especial de Seguridad e Inteligencia y quien fuera uno de los más emblemáticos presos políticos del chavismo. El espaldarazo y el apoyo recibido por Guaidó por parte de la administración Trump era, por tanto, incontestable.

Fue allí, en un Congreso estadounidense dividido y fuertemente polarizado por el impeachment a Trump, donde Guaidó recibió una sonora ovación de un minuto de duración, entre vítores y aplausos, por parte de congresistas republicanos y demócratas. Una ovación a Guaidó que dio la inesperada y saludable imagen de unión de ambos partidos políticos, el republicano y el demócrata, en un momento políticamente tenso en EE.UU por motivo del juicio político a Trump, que muy seguramente será sepultado estos días en el Senado, con mayoría republicana.

Más allá de las diferencias por el impeachment y la tensión palpable entre republicanos y demócratas, reflejada en la portavoz del Congreso, la demócrata Nancy Pelosi, al romper el discurso de Trump, una cosa parece unir a los dos grandes partidos estadounidenses: la transición a la democracia en Venezuela no es motivo de discordias, divisiones ni objeciones. La ovación a Guaidó reflejó ese compromiso unánime en Washington por llevarla a cabo.

Lo hizo con un Trump exultante que tenía un as bajo la manga para volver a sorprender a todos con la presencia de Guaidó en ese discurso. Durante su alocución, Trump nunca dudó en calificar a Guaidó como el “verdadero y legítimo presidente de Venezuela”, reafirmando las “severas sanciones” contra las “dictaduras comunistas y socialistas” de Cuba y Venezuela, y prometiendo “aplastar la tiranía de Maduro”.

El golpe de efecto de este “4F” de Trump y Guaidó gravitará con fuerza en la estructura del régimen “madurista”, precisamente el mismo día en que Maduro impedía la entrada a Venezuela de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA. Otro factor que aisla aún más a Maduro, dejándolo en una situación de “paria” hemisférico.

El presidente estadounidense aseguró que “59 países forman una fuerza internacional” orientada a propiciar por vías diplomáticas la transición hacia la democracia en Venezuela. Una transición que personifica Guaidó, alabado durante el discurso por el propio Trump aduciendo a su “valentía y firmeza”

Putin mueve ficha

La exitosa gira de Guaidó por Europa y EE.UU dejaba en una complicada situación al principal aliado exterior de Nicolás Maduro, Rusia. Por ello, el Kremlin se apresuró en acelerar una “mini-gira” por América Latina, con escalas en Cuba, México y Venezuela.

El ministro ruso de Exteriores, Serguei Lavrov, visitará estos tres países con un objetivo, claramente definido por un portavoz de la Cancillería rusa: “intercambiar puntos de vista sobre la situación en torno a Venezuela, las perspectivas de una solución política sobre desacuerdos internos en base a un diálogo nacional, en línea con la Constitución y sin obstáculos externos destructivos y militares”, en clara alusión a las expectativas desde EE.UU ante una posible intervención hemisférica en Venezuela.

La primera parada de la gira es Santiago de Cuba, donde Lavrov se reunirá este miércoles 5 de febrero con su homólogo cubano Bruno Rodríguez. No es casual que sea precisamente la isla caribeña la primera en ser visitada por Lavrov, tomando en cuenta la absoluta influencia cubana en los asuntos venezolanos.

Tras Cuba, Lavrov visitará México, donde se reunirá con su homólogo, el canciller Marcelo Ebrard. El gobierno de López Obrador ha manifestado su intención por reforzar el Grupo de Contacto con la UE para abordar una solución política en Venezuela, una idea en consonancia con lo que oficialmente buscael gobierno de Vladimir Putin con esta gira.

Vuelve por tanto a planear en el ambiente la “opción Zapatero” como eventual “mediador” de ese Grupo de Contacto, muy presente en el actual gobierno de Pedro Sánchez en España en coalición con PODEMOS. ZP ha sido prolífico en los últimos días en entrevistas en medios españoles, donde ha mostrado su claro favoritismo por Maduro.

La gira de Lavrov finaliza en Caracas el viernes 7 de febrero, donde se reunirá con Maduro, la vicepresidenta Delcy Rodríguez, cuyo “Delcygate” en España con el ministro Ábalos está causando malestar en la Unión Europea, y el canciller Jorge Arreaza. Ya no sólo es la importancia estratégica que tiene Venezuela para el mercado ruso, sino la posibilidad de abordar vías de cooperación bilateral que le permitan al régimen de Maduro superar las sanciones internacionales impulsadas por EE.UU y Europa.

La idea de Moscú aparentemente pasaría por concretar un marco hemisférico tendente a reactivar una mediación internacional para la crisis venezolana, a pesar de los fracasos anteriores (República Dominicana, Noruega y Barbados). Esto explica porqué antes de aterrizar en Venezuela, Lavrov estará en Cuba y México como destinos donde afilará las estrategias diplomáticas hacia ese objetivo.

Pero obviamente también están los intereses geopolíticos rusos, particularmente tras la conjunción de intereses entre Guaidó y sus aliados exteriores y la perspectiva de que en la Casa Blanca estén adelantando gestiones para buscar una vía unilateral de solución de la crisis en Venezuela, en particular la posibilidad de recrear una especie de intervención hemisférica, vía TIAR u otros mecanismos.

La gira de Lavrov supone un espaldarazo exterior para el régimen de Maduro. Pero puede que, más allá de las declaraciones oficiales, Moscú apele al realismo político y busque persuadir a Maduro y sus aliados, Cuba especialmente, a afrontar una solución política en Venezuela.

Durante su visita a Canadá, el primer ministro Justin Trudeau instó a Guaidó a incluir a Cuba en cualquier marco de solución para la crisis venezolana. Una visión compartida por Moscú y que Lavrov parece aprovechar con esta gira.

El obstáculo es que, en un 2020 electoral en EE.UU donde el voto hispano pesa mucho, Trump está decidido a acabar con las “tiranías socialistas” de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Por ello, el “4F” de Trump y Guaidó es un “golpe de efecto” que atormenta a Maduro, anclado en otro “4F” en el que ya nadie cree.

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