El año de la montaña rusa

Un frenético 2019 para un incierto 2020

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¿Cómo calificar este 2019 para Venezuela? Sin duda, ha sido un año frenético, incluso vertiginoso. Esa sensación que te da cuando estás en una montaña rusa. Se mezcla la euforia con el vértigo, la emoción con el miedo. Pero luego viene la realidad, que te obliga a reaccionar.

El 2019 empezó con un letargo que súbitamente se activó con una esperanza inesperada. Juan Guaidó ha sido (y sigue siendo) la apuesta por un cambio que ya es urgente en Venezuela. Nadie esperaba la aparición de un liderazgo político obviamente desconocido pero que, de repente y casi por milagro, logró reunificar una oposición fragmentada y desesperanzada, rota en piezas muchas veces irreconciliables.

Pero esa fulgurante estrella que anunció el “fin de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres” se fue diluyendo, mas no apagando, toda vez la perversa mecánica política que sólo maneja intereses, la mayoría espurios, imponía su ritmo. En perspectiva, la inercia terminó eventualmente dominando a la esperanza. La ilusión de comienzos de 2019 lleva al duro desencanto de finales de año. Pero aún así, no al fin de la esperanza.

Hoy Venezuela prorroga su surrealista realidad. Dos presidentes, uno usurpador pero con verdadero poder de facto gracias a un estamento militar corrompido y solidificado por una estructura represiva y criminal, y otro poder legítimo constitucionalmente, sostenido por más de 60 países que lo reconocen como el único presidente legal, pero que en realidad tiene escaso (o quizás nulo) margen para gobernar. Un gobierno legítimo, el de Guaidó, que ha nombrado embajadores que no siempre han sido oficialmente reconocidos en los países de acogida, como ha sido el caso español. Nunca un líder opositor venezolano tuvo un capital político internacional tan elevado. Pero ese capital parece políticamente cronificarse en un remedio hasta ahora poco eficaz.

Ese surrealismo prosigue con los demás poderes públicos. Dos poderes legislativos, una ANC ilegítima que incluso ha tenido que reconocer la necesidad de volver a ocupar sus curules en la legítima Asamblea Nacional que preside Guaidó. Dos TSJ, uno en Caracas instalado en la usurpación que convive con la criminalidad y la corrupción, que manda de facto, y otro en el exilio sin saber exactamente en qué y cómo influye en Venezuela.

El 2019 ha presenciado la tácita convivencia de una expresión multiforme del poder en Venezuela, toda vez ninguno ha logrado derrotar definitivamente al otro, aunque sí quizás neutralizarlo. Algo insólito a nivel histórico y quizás a nivel mundial. Dos poderes enfrentados, que se reconocen de facto, no legalmente, y a medias, a veces tibiamente, para “negociar” cuotas de poder pero no para solucionar la crisis. Pareciera que la cruda realidad ha terminado pariendo un nuevo establishment instalado en las altas esferas del poder en Venezuela, sin que la mayoría de la población lo apruebe o consienta. Una población que asiste impávida e impotente, extenuada, a un complejo escenario donde sobrevivir es lo único que legítimamente importa.

En el trasfondo, una crisis humanitaria sin parangón a nivel mundial. Para 2020, se prevé que llegará a los 7 millones de venezolanos emigrados. Y la percepción de que, a nivel mundial, este contexto nos ha convertido en una especie de parias, secuestrados por una multiforme corporación criminal instalada en las altas instancias del poder. El 2019 también dio a conocer una dolorosa realidad, retratada en el demoledor Informe Bachelet. De que Venezuela se ha convertido en un santuario del crimen, de la negación de la vida, donde impera el "vale todo". Incluso en una especie de colonia económica de grandes poderes exteriores que no dudan en fomentar un crimen ambiental provocado por la rapacidad de explotación de recursos naturales para mantener económicamente a unas elites de poder indolentes.

En esta montaña rusa de sensaciones, la percepción del venezolano de a pie, tanto del que sigue en el país como del que se vio obligado a emigrar o exiliarse, es de que ya no decidimos íntegramente nuestro futuro. Ese futuro se decide en otras geografías y otros salones. Va de Washington a Moscú, de La Habana a Beijing, del Grupo de Lima al (¿existente?) Grupo de Contacto de la UE. Quizás incluso del Foro de São Paulo al Grupo de Puebla. De Bogotá a Brasilia, pero siempre mirando a los dos ejes que mueven los hilos y que parecen ser los únicos con capacidad para revertir la situación. Ellos son Trump y Putin, o más bien EE.UU y Rusia.

Para el exterior, analizar el caso venezolano es un ejercicio de complejidad a veces estéril, mimetizado en un mundo cada vez más convulsionado e incierto. Son muchas las crisis internacionales, muchos los intereses geopolíticos, en los cuales Venezuela a veces es epicentro de atención, otras veces periferia desatendida. Pero para nadie, o para pocos, olvidada. El olvido es imposible ante una numerosa y cada vez más floreciente diáspora venezolana que se reparte por los cinco continentes, con una presencia cada vez más activa, que reclama la atención mundial sobre lo que está sucediendo en nuestro país.

Venezuela se ha convertido así en un carrusel interminable de sorpresas dentro de un contexto trágico. Ahora la alta política internacional habla de un nuevo tecnicismo, “empate catastrófico”. Ni Maduro ni Guaidó logran imponerse uno sobre otro, ni tampoco derrotarlo definitivamente. Pero tampoco entenderse, al menos en apariencia.

Los canales de diálogo son intermitentes y tácticos, sin nada sustancial qué ofrecer para solucionar la dramática crisis humanitaria. El régimen usurpador los utiliza como mecanismo para ganar tiempo. Tiene buenos asesores: Cuba, Rusia, China, incluso Irán. Asesores que saben cómo sobrevivir con sanciones, con aislamientos internacionales, y de cómo sortearlos con eficacia. Pero esos aislamientos también pesan y obligan a veces a recular, a ceder, aunque sea tácticamente.

El 2020 anuncia un calendario electoral con comicios parlamentarios para diciembre, si es que antes la mecánica política determinada por la imparable crisis humanitaria que afecta a los países vecinos, obligue a una cita electoral presidencial. En Venezuela, hoy, todo parece posible, lo cual aumenta la incertidumbre. Algo que igualmente parece consolidarse en el patio regional. Nadie esperaba la caída de Evo Morales en Bolivia, como tampoco el vandálico caos de protestas en Chile, Colombia y Ecuador. Por ello, también es legítimo especular si en 2020 podrá finalmente observarse en Venezuela ese ansiado cambio político. Pero las incógnitas también nos obligan a interrogarnos sobre qué y cómo será ese eventual cambio político.

Tras dos décadas de chavismo, la política en Venezuela se ha convertido en una especie de mecánica caníbal donde la negación y la aniquilación del otro parece ser lo más importante. Pero que, ante la imposibilidad de aniquilación del otro, impera la desidia, la convivencia cómplice, la inercia.  Hoy no queda prácticamente nada de ese “mantra” de Guaidó del “cese de la Usurpación, gobierno de transición, elecciones Libres”. Hoy parece quedar una huida hacia adelante sin resultados significativos.

Quien lo paga es el pueblo, atónito espectador de un drama interminable al que no le queda otro remedio que intentar sobrevivir, se quede o no en el país. Una vez más, un pueblo defraudado y desahuciado pero que no pierde la ilusión ni la esperanza. El diagnóstico se ve trágico y dramático pero a veces, irónicamente, esos traumáticos procesos traen resultados inesperados y esperanzadores.

Ojalá esa extraña e irónica sensación de esperanza inesperada traiga un feliz 2020 para una Venezuela que tiene necesariamente que apearse de esa perpetua montaña rusa. Y que de ese traumático parto nazca un nuevo país, libre y soberano.

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