El golpe de efecto de Guaidó

Una exitosa gira internacional que enfila la transición

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El Carabobeño (Venezuela)

Tras un surrealista 2019, el presidente encargado Juan Guaidó ha comenzado de forma frenética este 2020. Visto lo visto el año pasado, las expectativas de cambio en Venezuela parecían diluirse. Por ello, Guaidó necesitaba un golpe de efecto de tal magnitud que provocara un impacto internacional de envergadura. Y no sólo él mismo sino su principal aliado, Donald Trump.

Nadie se esperaba esta agenda internacional de Guaidó. De la clandestinidad que le obliga a salir de Venezuela por motivo de la persecución y la represión del régimen usurpador, Guaidó ha brillado en Bogotá, Londres, Bruselas y Davos. Le quedan París y Madrid donde, a pesar del distanciamiento por parte de algunos gobiernos (Pedro Sánchez), todo parece indicar que el presidente encargado seguirá cosechando éxitos. De forma sorprendente, cuando nadie se lo esperaba, dio un golpe en la mesa efectivo en la arena internacional.

Una exitosa gira internacional que, a todas luces, interpreta un cuadro ya visto en 2019: Guaidó es fuerte en el exterior, pero aparentemente no tiene capacidad para voltear la situación en casa. Pero tampoco para quedar fuera de juego. Todo lo contrario. El régimen usurpador ejerce el poder de facto, sin legitimidad pero con los factores represivos de poder en su mano. Pero la gira de 2020 parece anunciar otros derroteros. Parece anunciar posibles vientos de cambio en un año electoral, tanto en Venezuela como en EE.UU.

A Trump no parecen acosarlo ni el impeachment ni las presidenciales de noviembre próximo. Sabe que, a pesar de las polémicas del “Russiagate” y el “Ucraniagate”, el juicio político en su contra será sepultado cuando llegue al Senado, con mayoría de su Partido Republicano. Y es posible que el eventual fracaso del impeachment lo relance a la reelección en la Casa Blanca hasta 2024. Curiosamente, ese mismo año que su (¿rival?) Putin debe dejar el poder en el Kremlin. Pero con su reciente golpe de efecto cambiando el gobierno y encaminado a una reforma constitucional, Putin ya maneja los hilos para seguir mandando, esté o no al frente del Kremlin, en la Rusia post-Putin que se avecina. Cosas del destino. O de la política.

En todo este complejo laberinto, Guaidó volvió a la escena donde sabe manejarse mejor. En la política internacional. No es casual ni caprichoso. Lo hace bajo un cálculo minucioso que interpreta que es el momento que tiene que aprovechar. Y más cuando el bochornoso espectáculo montado por la usurpación el pasado 5 de enero para intentar arrebatarle la Asamblea Nacional ha terminado en una farsa que el mundo entero ha repudiado, incluso el propio Pedro Sánchez, que tiene como socio al aliado de Maduro, Unidas PODEMOS, así como un “chiripero” independentista. Sólo Cuba y Rusia se mantienen inertes al lado del usurpador Maduro. Porque hasta China, harta de las deudas y los impagos de un “madurismo” anclado en la corrupción, parece sutilmente darle la espalda.

Otro factor que potencia la exitosa gira internacional de Guaidó es la crisis EE.UU-Irán. Washington no quiere correr riesgos estratégicos cuando sabe que este 2020 inaugura una década decisiva para la conformación del poder global del siglo XXI. Esa guerra la libran EE.UU y China. Rusia es actor expectante con algunas claves geopolíticas importantes. Pero también están los avances tecnológicos, la inteligencia artificial, la robótica, el cambio climático, la guerra cibernética, los fake news y la amenaza nuclear. Todo ello traduce un mundo nuevo, más complejo para descifrar.

Con su apoyo a Irán, traducido en la visita del canciller usurpador Jorge Arreaza a Teherán, Maduro selló su bufo destino. Toda vez, Guaidó brillaba en la Cumbre antiterrorista de Bogotá donde el mundo occidental consideraba a Irán y sus aliados como terroristas. Y a las FARC, y al Hizbulá, todos ellos campando impunemente por territorio venezolano. Y esos aliados pasan por el régimen criminal y usurpador instalado en Miraflores, tal y como el propio Guaidó se esforzó por narrar a las elites mundiales en el Foro de Davos. Casi tres décadas después, un presidente venezolano volvía a Davos, donde la élite mundial sabe cómo se maneja el cobre. Un mundo en el que no cuenta Maduro.

Sin terminar aún la gira, queda el regreso a Venezuela. Guaidó sabe que será igualmente por la clandestinidad, para burlar, una vez más, a un régimen acorralado cuya única iniciativa ha sido incluir a su “mentor-chulo”, Cuba, en el Consejo de Ministros. Un acto de cesión de soberanía inconcebible, inaceptable.

Maduro insiste en unas elecciones parlamentarias para intentar sacar de juego a Guaidó. El presidente encargado dejó claro que la transición en Venezuela pasa por mayor presión internacional para forzar al usurpador a dejar el poder y celebrar unas elecciones presidenciales limpias y transparentes, bajo supervisión internacional. Y eso el mundo parece comprenderlo, hoy, con mayor claridad. Todos menos quizás, Zapatero, otro de los “mentores-chulos” del “madurismo”. Otro de los sorprendidos y sobrepasados por la exitosa gira de Guaidó.

Guaidó y Trump calcularon con eficacia que el triunfo, el cambio en Venezuela, comienza por ganar el exterior. Y allí Guaidó tiene las de ganar. Queda el regreso, pero aumenta la percepción de que Guaidó ha jugado, con esta gira, a caballo ganador. Y que la transición, probablemente, está más cerca de lo que pensamos.

 

 

 

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