Esa cabeza tiene precio

Se abre la veda para la caza de Maduro y su régimen

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Nicolás Maduro ya entró en la historia. En una historia negra, por cierto. La recompensa por capturarlo es la cuarta más alta en la historia de EE.UU. Aparentemente, no tiene escapatoria.

El podio de estas recompensas estadounidenses es de auténtico “lujo”. El primero, Osama bin Laden, abatido en operación especial en 2011 en algún lugar secreto de la frontera afgano-paquistaní. Como secreto es quién se llevó la recompensa. Se ofrecieron US$ 25 millones por su captura.

El segundo, su lugarteniente en la red Al Qaeda, Ayman al-Zawahiri, actualmente en paradero desconocido. El tercero es un capo del “Narco”, Rafael Caro Quintero, rey del Cartel de Guadalajara, hoy prófugo de la justicia.

Y luego viene Nicolás, casi llegando al podio. Su cabeza está valorada en US$ 15 millones, unos 10 millones menos que Bin Laden. Y tras Nicolás, en quinto lugar, viene otro personaje “de lujo”: Abu Bakr al Baghdadi, el creador del Estado Islámico, considerada la principal agrupación terrorista junto a Al Qaeda. Otro que está en paradero desconocido y por el que Washington ofrece US$ 10 millones. En realidad, no hay mucha diferencia entre todos ellos.

Pero, a diferencia de los otros miembros de tan reputada lista, Maduro no está en paradero desconocido. Todos saben dónde está Por eso, la decisión del Departamento de Estado en Washington de darle caza a él y otros 12 altos cargos de su régimen tiene tres claves estratégicas: la primera, hacia quién va dirigida esta orden. La segunda, el contexto en el cual se da la orden. Y la tercera, lo que vendrá después, en caso de que la orden sea efectiva.

En el primer caso, es obvio que el “mensaje” va dirigido al corazón del régimen usurpador, en particular el Alto Mando militar, la FANB. Su máximo jefe, el ministro de Defensa Vladimir Padrino, también está en la lista del Departamento de Estado. Pero Washington espera que la recompensa incentive a otros a “hacer el trabajo”.

Los mecanismos podrían ser una rebelión militar, un posible golpe de Estado, una delación efectiva mediante operativo secreto, que permita atrapar a las cuatro joyas de la corona, en este caso Maduro, Diosdado Cabello, Padrino y Tareck El Aissami. Por ello, la reacción de Maduro y la FANB ha sido oficialmente una “unión inquebrantable” y un rechazo tajante a la orden de Washington. Pero nada parece definitivo.

Pero el contexto es confuso y probablemente diferente al de otras ocasiones. Quebrar el apoyo a Maduro por parte del Alto Mando de la FANB es una intención velada de Washington. La recompensa aquí no será tanto la millonaria tajada sino el perdón de la Casa Blanca hacia otros altos cargos del estamento militar que también están señalados en otras listas, por narcotráfico, lavado de dinero y connivencia con organizaciones terroristas. Y aquí entra otro apartado: las FARC, baluarte de estos apoyos al “chavismo” y al “madurismo”, como el Hizbulá y el régimen islámico iraní.

Esto nos lleva a la segunda clave: el contexto. Con el mundo enfocado en el coronavirus y las consecuencias de esta pandemia, de las que EE.UU obviamente no escapa (más de 300 muertos hasta la fecha), la administración de Donald Trump parece decidida a aprovechar unilateralmente la situación para dar carpetazo definitivo a la crisis venezolana.

Trump no quiere correr riesgos: con el coronavirus aumentando en EE.UU, y unas elecciones presidenciales en noviembre, hay que dejar bien atado el “patio trasero”. La salida de Maduro es imprescindible toda vez sus principales aliados, Rusia, China, Cuba e Irán, están momentáneamente fuera de juego por culpa del coronavirus y, por lo tanto, sus prioridades son otras.

China está en la fase “post-coronavirus”, saliendo con relativo éxito pero a expensas de lo que suceda en el exterior. Mientras, Rusia se esfuerza por atajarlo, hasta ahora con éxito. Irán es uno de los países más perjudicados por la pandemia. Tampoco debió de gustar en Washington el repentino giro de Michelle Bachelet, la Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU, que pedía finalizar las sanciones contra el régimen de Maduro para poder aliviar la crisis del coronavirus.

Por eso, Trump y los “halcones” de la Casa Blanca y el Pentágono “olieron” rápido el contexto. Actuar cuanto antes, toda vez el “narcorégimen” de Maduro se ve igualmente atrapado.

El foco es una operación tipo Panamá 1989 realizada entonces contra otro “narcodictador”, Manuel Noriega. Puede resultar improbable de momento pero no imposible. El primer paso ya se dio: denunciar a Maduro por narcotráfico y lavado de dinero y ponerle precio su cabeza y la de los altos cargos de su régimen. Es un tema de seguridad nacional para EE.UU en año electoral y con coronavirus de por medio. Y eso es algo serio, no un juego de niños.

Queda la tercera clave: el día después, en caso de que la presión de Washington lleve eventualmente a la caída de Maduro, o a su extradición a EE.UU. Y aquí también hay un nombre: Juan Guaidó. Pero el enfoque de la Casa Blanca, esta vez, no parece ser tan complaciente.

Trump parece decidido a solucionar el “tema Venezuela” por su cuenta. Él y sus “halcones” solos. Guaidó es una pieza aleatoria, una figura decorativa, muy parecida a lo que fue Guillermo Endara, líder opositor panameño, tras la caída de Noriega en 1989, para ocupar una presidencia transitoria. En la Casa Blanca saben que Guaidó tiene poco margen de maniobra, pero que aún es útil. Eso acelera los acontecimientos y la necesidad de una solución rápida en Venezuela.

Pero todo depende si la orden de Washington termina provocado el quiebre del régimen “madurista”, especialmente dentro del Alto Mando de la FANB. No será tarea sencilla pero si a la crisis humanitaria se le añade el colapso sanitario ante el posible avance del coronavirus, el régimen de Maduro puede verse en un callejón sin salida. Y allí, las alianzas irrestrictas entran en el terreno de la teoría de la relatividad.

De allí que, en los últimos días, Maduro intentara restablecer contactos en Washington y propiciar un diálogo en Venezuela en el que nadie cree. O quizás sólo Zapatero. Maduro sabía lo que le venía. Trump no busca atajos inciertos. La orden desde Washington ya busca apretar la soga en el cuello del usurpador.

Por eso, la situación ha cambiado muy radicalmente. La cabeza de Maduro, y la de Diosdado, Padrino y El Aissami, ya tiene precio. Al mejor estilo “Far West”, pero es el estilo de Trump. No es buena señal para el usurpador. En Miraflores, los nervios deben estar a flor de piel.

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