¿Está ganando China la batalla contra el coronavirus?

Tsunami geopolítico detrás de la pandemia

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RTVE (España)

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya elevó la gravedad del coronavirus (COVID-19) de “epidemia” a “pandemia” y ha identificado a Europa, en vez de China, como el nuevo epicentro de la misma. Más de un centenar de países a nivel mundial están infectados, y su expansión sigue acelerándose.

Las bolsas de valores occidentales y el precio del petróleo cayeron vertiginosamente. La directora del FMI, Christine Lagarde, advirtió inmediatamente que estamos a las puertas de una recesión económica global de un calado aún mayor (y por tanto peor) que la vivida en 2008. Toda vez, la geopolítica sufre variaciones inesperadas por una crisis sanitaria mundial originada en China.

La “eficacia” del “modelo chino”

En un artículo anterior se especulaba con la posibilidad de que el coronavirus se convirtiera en el “Chernobyl chino”. Pero esta es una realidad matizada de grises. El “Chernobyl” pasó así de China a Occidente.

Por tanto, existe una percepción, más allá de la propaganda oficial, de que precisamente ha sido China la que ha logrado controlar y atajar momentáneamente un problema en expansión vertiginosa a nivel mundial.

¿Cómo lo hizo? Es un tema que está provocando discusiones a nivel mundial sobre cuál es la “eficacia del modelo chino”, en contraposición con el occidental.

China es un régimen de partido único, férreamente controlado por el Partido Comunista chino (PCCh), a pesar de ser una economía de mercado, con preponderancia del capitalismo de Estado, que lo ha llevado a convertirse en la segunda potencia económica mundial.

El PCCh mantiene una hegemonía comunicativa que obviamente potencia la censura, toda vez la sociedad china preserva la obediencia al poder, a su rigidez y disciplina, manifestando una cultura de carácter más colectivista. Estos valores culturales y políticos refuerzan la capacidad del poder chino para movilizar recursos y aislar las poblaciones infectadas con el virus, a fin de evitar la expansión.

Sin no menos tensiones, especialmente en Wuhan, epicentro del virus, el sistema chino ha logrado movilizar con eficacia y rapidez toda serie de recursos para contener la expansión de la epidemia, aplicando con disciplina militar una “cuarentena” que la población ha acatado sin fisuras. La censura también ha jugado su papel importante, al mantener la “cuarentena” informativa en cuanto a la realidad de lo que estaba sucediendo, evitando así posibles situaciones de protestas y descontento.

Pero algo parece claro: China ha logrado superar la fase más crítica de la hoy oficialmente reconocida como pandemia. Y al parecer quiere exhibir ante el mundo su capacidad para gerenciar este tipo de crisis, una especie de “soft power” o “poder blando” como músculo de poder. Con ello, el sistema hegemónico del PCCh, caracterizado oficialmente en el “socialismo con características chinas” cada vez más capitalista y globalizador, sale reforzado.

Caso contrario, al menos por ahora, al del resto del mundo, especialmente Europa. En vez de fortalecer los mecanismos de cooperación y de solidaridad, se ha apostado por el inevitable y comprensible cierre de fronteras y otras medidas proteccionistas.

A diferencia de China, en el Occidente liberal democrático funciona una cultura política crítica, mayor movilización sociopolítica y una opinión pública que fiscaliza constantemente la acción gubernamental. Es un sistema más elástico y flexible, más individualista que el "modelo chino" pero que, en una crisis como la actual, puede mostrarse más vulnerable.

El coronavirus también sabe de geopolítica

Por ello, se abordan algunas interrogantes: ¿cómo afecta el coronavirus a la geopolítica global? Sin condicionantes morales, ¿se puede hablar de ganadores y perdedores en esta batalla?

Diversos análisis en medios de comunicación han venido especulando con estas y otras interrogantes. Pero la evolución global de la pandemia obliga a realizar, cuando menos, una valoración a priori de cómo este virus está alterando las estructuras del poder internacional.

Una primera perspectiva obliga a determinar en qué medida el coronavirus realmente ha ralentizado el pretendido ascenso chino a la supremacía global. China esperaba inaugurar este 2020 una década de impulso decisivo a su pretensión por hacer del Siglo XXI el “siglo chino”.

Su apuesta para alcanzar esa anhelada supremacía está enfocada en el proyecto de las Rutas de la Seda, ambicioso programa de infraestructuras y vínculos económicos por vía terrestre y marítima, que uniría a China hacia Occidente, con preponderancia obviamente china. Ante la crisis actual provocada por la pandemia, ¿cómo podrán avanzarse en estos proyectos chinos? ¿Tendrá China la suficiente fortaleza para impulsar un nuevo modelo de desarrollo alternativo al occidental?

Por ello, este frenético proyecto definido por Beijing para suplantar la hegemonía occidental “atlantista” ha sufrido un súbito frenazo vía coronavirus. La recesión económica global que se avecina aumenta esta perspectiva. Pero China parece demostrar que tiene capacidad de dar “un paso atrás” para luego impulsar “dos adelante”.

Obviamente, esto también afectará a Occidente y el resto del mundo, porque las Rutas de la Seda estipulan una conexión portuaria de gran nivel desde las costas del Este de China hacia Europa y el hemisferio occidental, y vía terrestre por Asia Central. Esto también ha contribuido con la expansión del virus.

Por ello, la pandemia ha obligado, momentáneamente, a frenar estos proyectos, incluso vía cierre de fronteras con China, como hizo inmediatamente Rusia, quizás el principal aliado estratégico chino, una vez el coronavirus se hacía una realidad en expansión.

Esto está llevando a la situación actual de “cuarentena” en Europa, que demuestra a priori su declive geopolítico. Italia, Francia, España y Portugal se ven cada vez más afectados por los casos de coronavirus, presionando al máximo los sistemas sanitarios y de seguridad y las decisiones políticas de sus gobiernos, cuyas prioridades han cambiado drásticamente en apenas unos días. Se percibe paralelamente cierta parálisis política, toda vez la sanidad pública es la prioridad máxima.

Al otro lado del Atlántico, más de lo mismo: proteccionismo con calado populista nacionalista. Mientras EE.UU vive las primarias del Partido Demócrata con vistas a la carrera por la Casa Blanca prevista para noviembre próximo, el presidente Donald Trump suspende por un mes todos los vuelos comerciales desde Europa para evitar la expansión del virus hacia el país norteamericano. Una decisión inédita que rompe la baraja de la pretendida unidad transatlántica vigente desde finales de la II Guerra Mundial, y que el propio Trump y el Brexit han logrado dinamitar.

No obstante, los virus no conocen de fronteras, medidas ni decisiones políticas. El coronavirus ya se instala en EE.UU (1.700 casos hasta la fecha), un país donde Trump ha derrumbado el proyecto de su antecesor Barack Obama de impulsar una cobertura sanitaria universal, similar a la existente en Europa.

Trump defiende la sanidad privada en un momento en que la sociedad estadounidense podría estar a las puertas de una crisis sanitaria sin capacidad para ser acometida por cobertura oficial. Pero se ha visto obligado a decretar la emergencia nacional y un fondo público para luchar contra la pandemia.

Globalizados, sí, pero ¿integrados?

En este contexto, China anuncia que lo peor de la crisis del coronavirus ya ha pasado, que está superando la pandemia. Así, Beijing quiere mostrar su imagen de cohesión y fortaleza ante un Occidente aletargado y sumido en la crisis, encomendado al “estado de emergencia y de excepción”. Algo, por lo demás, no visto desde las guerras mundiales.

También es motivo de discusiones si, como se pretende, la llegada de temperaturas cálidas primaverales remitirá la expansión del virus. No existe consenso científico sobre esto, pero es igualmente “sintomático” que en África y países caribeños apenas existan casos de infección. En Venezuela, con dos casos ya oficialmente reconocidos, el coronavirus al parecer se ha convertido en una oportuna excusa para que el régimen de Maduro afiance su represivo poder, al prohibir manifestaciones públicas en un momento crítico para su régimen.

Por ello, el coronavirus ha (re) colocado en perspectiva la polarización del pulso por la hegemonía mundial entre China y EE.UU y provocado consecuentemente un (re) equilibrio de las fuerzas geopolíticas y las relaciones internacionales. Una Europa en “cuarentena” queda prácticamente fuera de juego, demasiado ocupada por sus dilemas internos.

Toda vez, Rusia también ha apostado por la contención, aguardando la situación hasta que la pandemia remita su expansión. Pero no se ha quedado de brazos cruzados: mientras cerraba sus fronteras con China y suspendía temporalmente los vuelos con Europa, Putin afianzaba su poder absoluto en Rusia impulsando vía parlamentaria una reforma constitucional que debe ser votada en abril en referéndum popular y que le permitiría gobernar hasta 2036.

Con esta realidad, Occidente puede verse obligada a revisar (o incluso reformar) los cimientos sobre los que se basa su modelo liberal. Trump plantea otra apuesta: el populismo conservador, una mezcla de proteccionismo “globalizador”, cada vez más instalado en Occidente.

Pero tras el Brexit, la Unión Europea se ve atomizada. El coronavirus retará también su capacidad de respuesta, en particular la fortaleza de sus instituciones, la cohesión social y la eficacia de su sistema sanitario universal. Precisamente, lo que a Trump no le gusta.

El “modelo chino” difícilmente puede reproducirse en un Occidente liberal, dotado de equilibrios institucionales permanentes, estructuralmente polarizado y temeroso sobre los alcances socioeconómicos de la pandemia. Pero la eficacia de Beijing a la hora de gerenciar esta crisis sí repercutirá en cómo Occidente pueda ofrecer soluciones igualmente efectivas o si, por el contrario, necesitará algo de la “receta china”.

Puede que China haya ganado este “primer round” geopolítico y muchos vean en su receta una lección, por demás impresionante, para Occidente. Pero queda por medir el “día después”, cuando la pandemia remita, y se vean las secuelas y los resultados.

Con una recesión económica ya anunciada, y a pesar de la contención y las medidas proteccionistas, el coronavirus nos ha mostrado otra lección que pulsará otra realidad: qué tan globalizados estamos, y qué tan inevitable es que lo sigamos estando.

En 2020, el coronavirus ha sido el “jinete del apocalipsis” que reafirma cómo la globalización, directa o indirectamente, afecta y repercute en nuestras vidas. Y cómo una pandemia, inesperada y simple, tiene esa capacidad de “globalizarse” y poner en jaque al sistema de poder mundial.

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