Guaidó sin soluciones claras ni tiempo suficiente

Falta de consensos ante la nueva hoja de ruta

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El Carabobeño (Venezuela)

"Hay oportunidades que se han perdido". El mensaje es contundente. Lo escribe María Corina Machado en una carta al presidente interino Juan Guaidó, tras una reunión en la que tomó distancia ante la nueva iniciativa, una hoja de ruta que suena a último cartucho de Guaidó para intentar recuperar una idea de la que ya prácticamente nadie habla: "fin de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres".

La carta de María Corina resume sensaciones e inquietudes por parte de una mayoría de venezolanos que quisieran obtener una respuesta clara y fiable a sus problemas. El reflejo de esta carta da cuenta de oportunidades perdidas y de tiempos que se acaban. De los "cuatro meses" que le quedan a Guaidó como presidente interino. De los errores cometidos en "17 meses" de interinato. Soluciones que no se han dado para salir del régimen usurpador de Maduro y tiempo que se acaba para lograrlo.

Porque es precisamente el tiempo el que juega en contra de Guaidó, más allá de sus aciertos, errores y complicaciones que están articulando una progresiva incapacidad para procrear el consenso unitario en una oposición que se observa polarizada y dividida. Toda vez, el régimen usurpador llama a un nuevo calendario electoral el próximo 6 de diciembre (6D). Unas elecciones legislativas en donde el "madurismo" quiere sepultar definitivamente a Guaidó y a la oposición de su mayoría absoluta parlamentaria obtenida en 2015.

Desde hace tiempo, y por mucho que se esfuerce, la iniciativa de la agenda política venezolana ya no la tiene Guaidó en sus manos. Por eso, su nueva "hoja de ruta" es recibida con escepticismo, aunque en el fondo muchos quieren ver una nueva oportunidad, un nuevo aliento. 

Guaidó habla de tres ejes clave en esta nueva hoja de ruta: denunciar por anticipado el fraude parlamentario de las elecciones del 6D, una opción moralmente plausible pero sin consensos internos; activar un mecanismo de participación ciudadana incomprensible para varios sectores opositores; y propulsar una agenda de acción y movilización de la ciudadanía a nivel nacional e internacional, implicando a la FANB y la comunidad internacional a unirse a la misma. Más de lo mismo, pero ya sin tiempo y sin consensos claros.

La incapacidad de Guaidó y las divisiones opositoras erosionan su liderazgo toda vez el régimen usurpador, acosado internacionalmente, busca sacar ganancia política a través de una convocatoria electoral viciada por la falta de transparencia y las tácticas inhabilitaciones electorales vía TSJ ilegal. Y en esta vorágine de acontecimientos, aparece un "desaparecido": Henrique Capriles Radonski, quien intenta jugar a varias bandas, pidiendo unidad y claridad a Guaidó pero igualmente viendo la convocatoria del 6D como una oportunidad política.

Por ello, la apuesta de Guaidó de una nueva hoja de ruta suena a iniciativa desesperada pero falta de estrategias clave. Pero no por ello desprovista de ilusión. La lectura dentro de la variopinta oposición venezolana es divergente y tiende a estructurarse como herramienta de consolidación de posiciones de poder no sólo dentro de la oposición sino de cara a sus negociaciones con el régimen usurpador.

A Guaidó también le salpican los escándalos internos, que comienzan a tocar a su entorno. Son esos el caso Monómeros, el manejo de la ayuda internacional y las presuntas actuaciones de determinados embajadores de Guaidó en el exterior, que aparentemente no cumplen con la verdadera función emanada de la voluntad popular.

Las encuestas tampoco ayudan a Guaidó. La última de Datanálisis este mes de agosto le da a Maduro un 13% de aprobación y a Guaidó un pírrico 17%. En 2019, en plena efervescencia del "terremoto Guaidó", los índices había llegado a un 63% de popularidad. En poco más de un año, Guaidó perdió un 46% de apoyo popular, según Datanálisis. Y algo más que puede ser revelador: según esta encuesta de Datanálisis, un 50% de los encuestados siguen identificándose con Chávez.

Maduro se encomienda pacientemente a la resiliencia hábilmente programada por sus asesores cubanos, rusos, iraníes y chinos. Ese tiempo que acosa a Guaidó es precisamente el que ha sabido aprovechar la usurpación para seguir en el poder. Apostar por la división opositora para dejar a Guaidó en el aire, a pesar del apoyo que aún mantiene de casi 60 países, liderados por EE.UU.

Por ello, el PSUV ya adelantó que las parlamentarias del 6D son "las elecciones más importantes en los 20 años del chavismo en el poder". Sabe muy bien lo que se juegan. El objetivo es finiquitar la legalidad de la Asamblea Nacional en manos opositoras desde las elecciones de 2015 y potenciar la legalidad de una ilegal Asamblea Nacional Constituyente (ANC) vía nuevo poder legislativo, en un viraje vertiginoso hacia "el socialismo". O mejor dicho, hacia el "madurismo". Porque Chávez es pasado, por mucho que Datanálisis se empeñe en recuperarlo. Y para ello resulta imperativo para el "madurismo" barnizarse y poner fin a la "usurpación" vía legitimación electoral.

Esto abre la veda de un final de 2020 candente. En el horizonte están las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre. Trump busca la reelección, lo cual prolongará la presión contra Maduro pero también hacia Guaidó en la búsqueda de soluciones claras para poner fin a la usurpación. Pero si gana Joe Biden, la nueva hoja de ruta de Guaidó será punto muerto.

En este caso, la confianza en su liderazgo se desvanecerá definitivamente y la comunidad internacional, quizás ya desgastada por la crisis venezolana y preocupada por las olas de la pandemia del coronavirus y la factibilidad de las nuevas vacunas que se anuncian a bombo y platillo, comenzará a desvanecer ese apoyo a Guaidó como "presidente legítimo" y mirar a otro lado, buscando una "solución" vía diálogo. ¿Y saben quien viene detrás de esto? Lo adivinaron: Zapatero.

Paralelamente, y en silencio, el régimen usurpador sigue trabajando. El 6D quiere consolidar definitivamente al "madurismo" y, de paso, enterrar preventivamente cualquier resquicio del "chavismo" que le pueda resultar incómodo. Sólo así puede interpretarse la reciente decisión del TSJ ilegítimo de ilegalizar a los Tupamaros por "organización terrorista" y de acosar al PPT y al PCV, que ahora se van fuera del Polo Patriótico resucitado por el "madurismo" de cara a las elecciones parlamentarias.

También debe interpretarse bajo este prisma la (¿táctica?) pero también prolongada "desaparición" de un Diosdado Cabello aparentemente purgado de las esferas del poder en tiempos del coronavirus. Maduro y sus aliados lo tienen claro: es hora de pasar página y consolidar de una buena vez al "madurismo". No quieren enemigos incómodos. Suena a ejemplos ya vistos en el pasado histórico, como cuando Stalin sepultó al leninismo en la década de 1930 en la extinta URSS para dar rienda suelta al estalinismo que aún hoy capea por cierta izquierda internacional.

La decisión de Maduro de este 31 de agosto de indultar a 50 opositores presos, toda vez la semana pasada le dio "casa por cárcel" excarcelando a Juan Requesens, debe ser igualmente interpretada en este sentido: limar asperezas con sectores opositores y la comunidad internacional para legitimar los comicios del 6D.

Por ello, ese PSUV otrora idolatrado por Chávez como la "vanguardia de la revolución" ve como históricamente imperativo esta elección del 6D. Ese PSUV es hoy una entelequia burocrática cuya mecánica sirve a los intereses de poder del "madurismo" y sus mafias en el poder para ganar favores y apoyos.

Mientras, los venezolanos siguen instalados en el drama humanitario, viviendo penurias impensables, nada de lo prometido por la "revolución bonita". Son testigos petrificados de la disolución de un país cuyas elites son incapaces de manejar consensos más allá de sus intereses. Asisten impávidos cómo por inercia se conforma un nuevo establishment en el poder, en el cual la usurpación se alía con sectores opositores a través de un conveniente aggiornamento.

Las sanciones de Trump contra Maduro se sienten más en una población desalentada que parece ya inerte al drama. Igualmente, la resistencia del régimen usurpador a que llegue la ayuda humanitaria exterior suena a estrategia castrista jalonada por seis décadas de experiencia. El enfoque es claro: mantenerse en el poder a toda costa, incluso "a costa" de las penurias de la población.

Maduro tiene entre sus aliados a auténticos expertos en esta materia: Cuba e Irán. Y a salvavidas de ambos con igual experiencia contrastada: Rusia y China. Pero esto también repercute en aparentes pulsos de poder entre estos aliados de Maduro. Saltan las informaciones sobre pujas internas entre cubanos e iraníes por competir y mantener intactas sus esferas de poder en clave de favores dentro del "madurismo". 

María Corina Machado hablaba en su carta de oportunidades perdidas y de tiempo que se acaba. A Guaidó le queda poco margen y capacidad de maniobra. La nueva hoja de ruta es una tentativa más por retomar la iniciativa. Es de esperar que la misma no sea otra oportunidad perdida ante un tiempo ya escaso y un desaliento social cada vez más generalizado, azotado por el drama humanitario y las cuarentenas propias de la pandemia.

 

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