Paisaje después de la batalla

El “día después” del coronavirus

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La Vanguardia (España)

Paisajes después de la batalla (1982) es una novela del desaparecido escritor Juan Goytisolo. Comentaba su autor que la misma era una especie de “autobiografía grotesca” y su “primera novela de humor”. No obstante, el título ha sido frecuentemente utilizado como símil para ilustrar situaciones “post”, lo que viene tras un momento trágico, conflictivo o desastroso. Podría incluso compararse con aquella frase de “la calma después de la tormenta” que, entre otros, también reflejó en sus películas el director japonés Akira Kurosawa.

No sabemos con certeza cuál será el paisaje que nos espera después del coronavirus, la pandemia global que hoy nos obliga, como es comprensible, a la cuarentena, al confinamiento, al aislamiento preventivo. Irónico y curioso paisaje en tiempos de globalización, ese proceso que no conoce de fronteras. Hoy precisamente se cierran las fronteras, se confina a las personas en sus casas para evitar reproducir contagios. El aislamiento es tan lógico como inducido.

Incluso hay quienes aseguran que, con la actividad prácticamente paralizada (y a pesar de las mascarillas) respiramos un aire más limpio porque disminuye la contaminación. No deja de ser curioso que el origen de todo esto haya sido precisamente China, probablemente el país más contaminante. ¿Gana, pues, con esta crisis el lobby ecologista?

Los psicólogos sociales y otros gurús de la información, la opinión pública y la industria del bienestar han venido resaltando últimamente los efectos “positivos” del confinamiento. Que si la frenética vida que llevábamos limitaba nuestro tiempo libre para estar con la familia (con los amigos ya no, por riesgo de contagio!), que si ahora se puede aprovechar el tiempo en otras cosas más espirituales, altruistas, etc. Que si todo esto traerá una nueva conciencia social, valorando aspectos menos materialistas.

Una conciencia social que, al menos viendo la respuesta ciudadana a las actuales medidas de confinamiento y aislamiento, sí parece estar fomentándose. Esto define la existencia de cierta capacidad y elasticidad social para adaptarse a súbitos cambios como los que está provocando esta pandemia global.

Pero es necesario medir las consecuencias y si todo esto está procreando, de alguna u otra forma, un experimento social. El coronavirus adelanta la recesión económica global que ya se anunciaba. Esto modificará paulatinamente la actual arquitectura económica y financiera global, las nuevas formas de trabajo y de relaciones sociales.

Se prevé una etapa de despido masivo, principalmente en Europa, toda vez el “teletrabajo” fortalecerá la especialización en las nuevas tecnologías de la información, cada vez más frenéticas y cambiantes, que traduce el paso definitivo a la economía digitalizada.

La economía “post-industrial” impondrá con mayor fuerza su ritmo, algo que ya venía observándose como inalterable. Es, de alguna forma, un proceso histórico. Pero no todo el mundo está preparado, por lo que la discriminación laboral y profesional puede ser intensa en este sentido.

La desconfianza será una tónica importante, al menos a corto y mediano plazo. Nadie, ni gobiernos, organismos, instituciones ni la ciudadanía global, esperaba tener que acometer una pandemia de estas características.

Lo que en teoría debería suponer un reforzamiento de la cooperación y la solidaridad (que sí existe, injusto sería desconocerlo) debido a un problema de salud pública, puede dar paso, hipotéticamente, a síntomas de desconfianza, miedo y confusión.

Todo ello recrea un caldo de cultivo propio para populismos, “post-fascismos” y tentaciones autoritarias de todo prisma ideológico y político, con sus “recetas mágicas” basadas en la polarización perenne y el fomento de teorías conspirativas. El miedo que lleva al freno, por tanto, del disenso, la crítica y la posible pérdida de libertades.

Las escenas de “semi-paranoia” registradas en los supermercados dan a entender estas pautas de comportamiento, al menos en las desarrolladas sociedades occidentales. Un caso particular es Europa, hoy epicentro de la pandemia, según la OMS. La desolación alimenta la desconfianza y la confusión, aunque sea perentoria y pasajera.

La cuarentena actual medirá el comportamiento social ante situaciones de catástrofe global, un adelanto de cómo reaccionaríamos ante una especie de guerra poco convencional, en este caso bacteriológica, pero quizás también química y nuclear.

Por ello, el “día después” del coronavirus abordará todo tipo de interrogantes: ¿se replantearán las prioridades de nuestra sociedad de consumo, de confort y de bienestar? ¿Se replanteará la globalización? ¿Habrá una nueva forma de hacer la política? ¿Habrá un cambio de conciencia social? El “paisaje después de la batalla” se muestra gris, lleno de incertidumbres y quizás de confusas expectativas.

 

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