Trump diseña un “eje asiático” para frenar a China

Con India y Japón para trazar un “nuevo orden mundial”

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El País (España)

El incierto panorama mundial post-coronavirus está comenzando a trazar algunas líneas más nítidas sobre la futura conformación del poder global. La pandemia está alterando costumbres y modos de vida social y profesional, así como cambios agudos en el mercado laboral, sino que también ilustra cómo se repartirá el poder mundial en los próximos años.

Es creciente el malestar global sobre la gestión china de la pandemia. Más allá de teorías y explicaciones de todo tipo, muchas de ellas escasamente verificables, hay quienes observan a Beijing como el catalizador de una nueva arquitectura geopolítica mundial.

Aquí se enfocan percepciones sobre la capacidad china para activar mecanismos de cooperación global a propósito de la pandemia, un aspecto que le permitiría ganar posiciones y mantener espacios de privilegio de poder ante la resolución crisis sanitaria mundial.

Fiel a su estilo estridente, el presidente estadounidense Donald Trump viene realizando en los últimos días declaraciones incendiarias contra China, conjeturando su posible culpabilidad y complicidad en la expansión de la pandemia, aduciendo que el mismo se habría originado “en un laboratorio de Wuhan”, localidad donde se expandió el coronavirus.

A tal punto ha llegado la escalada retórica de Trump que llegó a calificar la actual crisis del COVID 19 como “peor que Pearl Harbor”, el ataque militar japonés en 1941 contra la base naval estadounidense en el Océano Pacífico y que llevó a la entrada de EE.UU en la II Guerra Mundial, y que “el 11/S”, los ataques terroristas de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono.

¿Es China culpable del coronavirus?

Pero no es Trump el pionero de los ataques sugestivos contra China debido al coronavirus. Un bufete de abogados alemán declaró públicamente hace semanas que iba a demandar judicialmente al presidente chino Xi Jinping por su presunta culpabilidad en la gestión de la pandemia, considerando que “habría ocultado la gravedad de la misma” con fines políticos.

Este aspecto ha provocado determinados roces entre Berlín y Beijing, siendo así mismo la canciller alemana Ángela Merkel una de las principales detractoras dentro de la Unión Europea sobre el modo de gestión chino sobre la resolución de la pandemia.

Mientras, otros países europeos como Italia, Bulgaria, Hungría y Serbia han aceptado satisfactoriamente la cooperación china, así como también la de Rusia, reforzando así las potencialidades del eje euroasiático Beijing-Moscú.

Al tradicional pragmatismo chino se le une su secular discreción y sutileza. El silencio calculado parece ser la respuesta de Beijing ante las acusaciones occidentales. Pero las altas esferas del poder chino parecen igualmente sorprenderse ante lo que consideran como la “falta de percepción y de aceptación” por parte de Occidente de su propio declive, en detrimento del ascenso de China.

Lo que sí observa Beijing es un creciente sentimiento de hostilidad hacia China en la opinión pública occidental, liderada por EE.UU y motivada por la expansión de la epidemia.

Un informe secreto de un think tank asociado al Ministerio de Estado de Seguridad chino, filtrado en algunos fragmentos a la agencia Reuters, señala que Beijing percibe que un sentimiento “anti-chino” en Occidente está creciendo a niveles similares “al de la crisis de la Plaza de Tiananmen de 1989”. Este informe señala que Occidente observa el ascenso chino como una amenaza económica y a su seguridad nacional y un reto para las democracias liberales occidentales.

Por otro lado, el think tank francés CAPS, ligado al Ministerio de Exteriores, ha alertado en otro informe estratégico sobre la capacidad de China para penetrar en el seno de la Unión Europea vía cooperación sanitaria.

Este informe considera que esta cooperación china va camino de constituirse en “indispensable”, toda vez sugería la eventual existencia de una “agenda oculta” de carácter geopolítico por parte de Beijing dentro de esta cooperación.

Entre otras razones, esta posibilidad de un Occidente que comienza a ver fragmentada su precaria unidad geopolítica ante el avance de la influencia del eje euroasiático manejado desde Beijing, ha reactivado las expectativas de Washington por diseñar otras alianzas orientadas precisamente a contrarrestar esa perspectiva ascendente, con pretensiones “hegemónicas”, de China en el escenario mundial de las próximas décadas.

Así como China ha entrado con fuerza América Latina, el “patio trasero” hemisférica bajo influencia de Washington, Trump ha querido reproducir el mismo guión: consolidar alianzas destinadas a contrarrestar a Beijing en su propia esfera periférica asiática.

El “Orient Express” de Trump

A finales del pasado mes de febrero, cuando la pandemia originada en China comenzaba a ser un importante problema sanitario global, Trump sorprendió con una gira por India, donde fue recibido con los brazos abiertos por el primer ministro indio, el nacionalista Narendra Modi.

India es un miembro clave de los BRICS, lo cual le acerca a posiciones conjuntas con China y Rusia, el eje euroasiático que también quiere imponer su sello en el “nuevo orden mundial”. Del mismo modo, la elección de Jair Bolsonaro como presidente de Brasil en 2018 también supuso un quiebre significativo en el eje BRICS favorable a los intereses estadounidenses.

Bolsonaro, hoy muy cuestionado en su país por su controvertida gestión del coronavirus, es un abierto aliado de Trump y también ha mostrado fuertes discrepancias con China en materia comercial, marcando así distancia con la orientación “pro-china” de la política exterior de los gobiernos de izquierda de Lula da Silva y Dilma Rousseff. Todo ello a pesar del calculado clima de concordia observado en la cumbre de los BRICS en Brasilia a finales de 2019, donde Bolsonaro fue precisamente el anfitrión.

Pero esa perspectiva de “nuevo orden mundial”, rémora de la concepción geopolítica del fallecido ex presidente George W. Bush padre en 1991, tras el final de la guerra fría y en momentos en que se desarrollaba la primera guerra de Irak, parece ahora querer recuperarla un Trump que pone su foco en Asia como escenario estratégico para contrarrestar el creciente peso e influencia china.

Por tanto, y en la perspectiva de frenar a su máximo rival, China, Trump busca quebrar cualquier expectativa de conjunción de intereses entre India y su poderoso vecino. Al mismo tiempo, Trump sabe que Rusia está igualmente muy ocupada en la gestión de la crisis del coronavirus, y que muy probablemente esto obligue al presidente Vladimir Putin a no apostar con tanta fuerza en el tablero geopolítico mundial. No obstante, Rusia y China mantienen intacta una elevada asociación estratégica en todos los niveles.

De este modo, la visita de Trump a India, cooperación militar mediante valorada en US$ 3.500 millones y acceso indio a tecnología de punta vía OTAN con los poderosos drones Guardian, buscaba claramente alejar a Nueva Delhi de cualquier posibilidad de asociación estratégica con Beijing, ya existente a través de acuerdos comerciales y por la vía del hoy alicaído BRICS.

Pero la entente de Trump con India debía completarse con otro aliado geopolítico de envergadura: Japón, histórico enemigo chino. Y así como China ha aprovechado hábilmente el manejo exterior de la pandemia a través de la cooperación con países europeos, la crisis del coronavirus podía ser igualmente aprovechada por Washington para recomponer sus piezas en el Lejano Oriente y Sureste asiático, apostando así con fuerza en ese tablero geopolítico cada vez más importante y decisivo para la partida por el poder global.

Y así como India, Trump vuelve los ojos hacia Japón. A mediados de abril, el primer ministro japonés Shinzo Abe anunció un presupuesto de emergencia de US$ 2 mil millones para ayudar al retorno a Japón durante los próximos dos años de aquellas empresas niponas con fábricas en China. Abe justificó esta decisión por “asuntos de seguridad nacional”.

El presidente chino Xi Jinping tenía prevista una visita oficial a Japón para finales de abril, finalmente suspendida por la pandemia del coronavirus. Pese a las razones oficiales de la suspensión de esta visita, la misma podría tener otros factores en curso, tomando en cuenta las posibles fricciones generadas entre Beijing y Tokio por la decisión de Abe de retirar las empresas japonesas con inversiones en China.

Japón ya venía confeccionando con anterioridad un eje con India y EE.UU en el Océano Índico, al que se han venido sumando Australia y algunas islas de este océano . El Índico es cada vez más estratégicamente importante precisamente por el control de sus rutas marítimas, en especial para China, porque es allí por donde discurre la ruta marítima de su proyecto global más ambicioso, las Rutas de la Seda y la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative).

Por su parte, India mantiene una activa presencia económica y política en el Océano Índico Occidental en torno al Golfo de Bengala, en países como Bangladesh y Sri Lanka, tradicional “hinterland” periférico indio. Con ello, Nueva Delhi busca contrarrestar el peso económico y geopolítico de China en países del sur asiático como Vietnam, Tailandia, Camboya, Malasia y Singapur.

India también impulsa importantes relaciones económicas y de cooperación militar con Francia, EE.UU y Japón, lo cual revelaría las potencialidades de ese eje Trump-Modi-Abe cada vez más en desarrollo.

En 2018, la Marina india desplegó una estrategia naval denominada P-8i con incidencia en islas como las Seychelles, La Reunión (departamento de ultramar francés), Andamán y Nicobar (Estrecho de Malaca), Cocos y Diego García, donde Washington tiene una base militar naval. Esta estrategia naval india busca combatir la creciente proliferación de piratería en el Índico y el Golfo de Adén, pero también ejercer un cerco estratégico hacia China.

La rivalidad sino-india en el Océano Índico presagia la creación de una especie de nuevo orden estratégico en la zona. Y en ese sentido, Nueva Delhi parece haber apostado decididamente por dos aliados clave: EE.UU y Japón, siendo ellos respectivamente la primera y la tercera economías mundiales, con China en el medio como segunda potencia económica global.

No se debe olvidar las fricciones entre India y Pakistán, dos potencias nucleares con reclamaciones territoriales en Cachemira. En este sentido, Islamabad, capital y sede del gobierno paquistaní, ha mantenido en los últimos años fuertes fricciones diplomáticas con EE.UU, toda vez se ha acercado aún más a China con motivo del proyecto de las Rutas de la Seda.

Un factor a tomar en cuenta y que consolida las buenas relaciones entre Islamabad y Beijing lo constituye el puerto paquistaní de Gwadar, el cual es un punto estratégico para las Rutas de la Seda chinas, que forma parte del denominado “Corredor Económico China-Pakistán”, uno de los cinco ejes estratégicos de las Rutas de la Seda.

Siguiendo con este proyecto, desde influyentes medios asiáticos aseguran que China estaría aprovechando la pandemia para impulsar una especie de “Rutas de la Seda Sanitaria” (Health Silk Road) que potenciara la influencia geopolítica china a través de la cooperación en materia de salud para combatir el coronavirus.

Por su parte, India ansía suplantar a China como poder emergente global. Pero ese ascenso en el escalafón parece por ahora más bien cifrarse en las estimaciones demográficas. Para 2050, se espera que India supera a China como el país más poblado del mundo.

Por tanto, este contexto de alianzas geopolíticas en Asia en pleno siglo XXI, que involucra a actores de peso global como EE.UU, China, India, Rusia y Japón pareciera reproducir su corolario en los sistemas de alianza de “balanza de poder” establecidos en Europa durante el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, un período comprendido entre las guerras napoleónicas (1815) y la I Guerra Mundial (1914-1918)

La reelección a la Casa Blanca

Para Trump, el eje con India y Japón para contrarrestar a China tiene igualmente expectativas electorales. Se juega la reelección presidencial en noviembre próximo, toda vez el coronavirus hace mella en EE.UU, con 75.000 muertos hasta la fecha, la cifra más elevada a nivel mundial.

Culpar a China de “expandir el coronavirus” es una estrategia electoral que Trump pretende que sea eficaz ante el contexto electoral previsto a corto plazo. A esto debe unirse la guerra arancelaria comercial entre Washington y Beijing, que Trump igualmente motoriza dentro de sus expectativas electorales.

En medio de la crisis del coronavirus, China ha anunciado la creación de su propia divisa virtual con la intención de hegemonizar el control económico y social del mercado de las criptomonedas. Toda vez, Beijing también pretende aumentar su influencia geopolítica usando su moneda virtual para combatir la hegemonía internacional del dólar. Ambos aspectos obviamente no iban a ser pasados por alto por Trump, de allí su intención de romper este ascenso chino a través del eje asiático con India y Japón.

En la recámara está observar la evolución de otros contextos como el de la península coreana, en particular ante los rumores de salud de su máximo líder Kim Jong-un. En este contexto, EE.UU y Japón son aliados irrestrictos, toda vez China es la principal ventana exterior del hermético régimen norcoreano, igualmente aliado de Rusia. India, potencia nuclear, también observa con atención este equilibrio estratégico regional en Asia Oriental.

El mundo post-coronavirus parece anunciar un Nuevo Orden Mundial. Trump y Xi Jinping trabajan en ese cometido. Pero muchas de estas variables geopolíticas dependerán de la reelección presidencial de Trump en la Casa Blanca. El “emperador” Xi no tiene ese problema. Su mandato “celestial” está garantizado en cuanto a duración de poder, gracias a una reforma interna que le permite la reelección indefinida.

 

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